domingo, 2 de octubre de 2011

Micros


Romanticismo

Mi reproductor multimedia, de la noche a la mañana, se ha vuelto un romántico añorante de la época dorada de Hollywood. Ahora se niega a reproducir nada en color y elimina todo el metraje dedicado a los créditos sustituyéndolas por el The End” de antaño. Había pensado en cambiarlo por otro nuevo y menos sensiblero pero me lo he pensado mejor y creo que me voy a unir a él. De modo que, partir de ahora, sólo veré esas viejas películas que a él tanto le entusiasman.



El espectador


En la negra pantalla apareció el The End. La música se detuvo y la sala quedó en absoluto silencio. Cuando las luces comenzaron a encenderse, el único espectador parpadeó confuso y sorprendido. Se levantó de su asiento, aún perplejo y, mirando hacia todos lados, murmuró entre dientes:


-Jamás hubiera imaginado que la muerte fuese esto...


El dinosaurio


Cuando el dinosaurio despertó, el hombre estaba allí y lo miraba fijamente.


El gigantesco saurio parpadeó, estiró el largo cuello olisqueando el aire y se dispuso a zampar cualquier cosa verde que encontrara. El cerebro del dinosaurio era tan diminuto que había superado la perplejidad casi instantáneamente.




El hombre, en cambio, continuó observándolo con aire confuso durante los minutos -muchos- que su cerebro precisó para asimilar la idea de que había un dinosaurio en casa.  Finalmente, suspirando, se rascó la cabeza, tomó la pluma que había dejado caer y reinició la escritura murmurando para sí mismo:




-Yo había oído hablar del poder de la imaginación pero esto me parece exagerado...


Y siguió escribiendo su novela sobre dinosaurios.


Monstruo


El niño juega y susurra:


Hoy han vuelto a llamarme monstruo. No sé por qué lo hacen. No soy ningún monstruo. No parezco un monstruo, ni huelo como un monstruo, ni gruño como un monstruo, ni estoy lleno de pelo, ni tengo dientes enormes, ni garras afiladas, ni nada que parezca de monstruo”.


El niño, sin dejar el juego, continúa murmurando:


No quieren jugar conmigo porque dicen que soy un monstruo. Se ríen de mí porque dicen que soy un monstruo. Me llaman monstruo a todas horas y no entiendo por qué. ¿Tú lo entiendes Dientecitos?”

El niño alza hasta su rostro la menuda y torturada masa sanguinolenta que, hasta no hacía mucho, respondía al nombre de Dientecitos