miércoles, 13 de abril de 2011

Un par de cositas

Divertimento helénico (Juguete esdrújulo)


Antígona, apática, tocaba la cítara y, de forma esporádica, usaba el ábaco para contar las nubes que sobre el ágora pasaban. Mientras, Anaxágoras el héroe, pensativo, con un ópalo jugueteaba, esperando las órdenes del hermético Ares, dios de la Guerra, aunque en realidad prefiriera estudiar Álgebra, Arimética, Cálculo o Ética.

Antígona, filosófica y ecléctica, algo cínica y ascética, contempla con gesto aburrido al heróico Anaxágoras y dice, sardónica, no seas patético, ridículo y estúpido, si no quieres guerrear, no guerrees y ya está.


 
Anáxagoras, hierático, se gira hacia la escuálida y pálida doncella, y responde severo, no me seas herética Antígona, es deber de todo héroe obedecer a sus dioses y, si esto no bastara, niña acética y malvada, mi honor y el honor de mi familia que debo respetar. Pero,  claro, siendo tú mujer, histérica y poco ética, no sabes de cosas tan elevadas ni las puedes entender. Y volviéndose, mayestático, hacia el templo del dios Ares, Anáxagoras se larga con gesto dramático.



Abúlica y escéptica, Antígona piensa que Anaxágoras es demasiado histriónico y maniático, se encoge de hombros, recoge su ábaco, arregla su peplo, toma su cítara y, poniendo gesto enigmático, se larga con la música a otra parte.




Aventura

El famoso arqueólogo asomó su cabeza entre la exuberante floresta tropical para comprobar que los guardias que custodiaban la enorme pirámide donde ocultaban la reliquia, hubieran desaparecido de la vista.



Con una corta y veloz carrera llegó hasta la base del gigantesco poliedro y, alzando la vista, suspiró pensando en la tremenda escalada que le esperaba. Pensó, con aprensión, en lo que ocurriría si los guardias lo atrapaban y, estremecido por la imagen, inició el ascenso.
 

 
Una vez arriba, tan sólo una puerta lo separaba del tesoro. La abrió suavemente y, cuando ya tenía a la vista el maravilloso tesoro, cuando ya su mano podía tocarlo...



-¡Juanito! ¡Suel-ta e-se cho-co-la-te a-ho-ra mis-mo!



Cachis, menuda mala pata, el guardia-mamá lo había pillado con las manos en la masa.