Pesadilla

  Hace frío, mucho frío. La niebla se mete por debajo de mi abrigo y me hiela el corazón. O tal vez es el miedo el que me está dejando helada.


No sé cómo he llegado hasta aquí, no sé qué hago aquí, no sé dónde es “aquí”.


Debo andar o me quedaré helada en medio de esta niebla. El aire es pútrido y ponzoñoso. Intento respirar por la boca para no percibir ese olor. El único sonido que me acompaña es el aleteo y el graznido de unos cuervos que, alrededor de una incongruente horca, parecen estar a la espera de un nuevo banquete de carne humana.


Siento que debo ir hacia la casa aunque no sé por qué. 

 
Tengo las manos y los pies entumecidos de frío y el corazón congelado de un terror indefinible e indefinido. Tal vez sea esa luna roja que asoma entre jirones de niebla. Tal vez esa luz, también roja, que desde la casa parece llamarme. Tal vez el graznido ensordecedor de los cuervos. Tal vez la extraña sensación de que algo diabólico me vigila y me espera, que esta niebla que me rodea, este aire putrefacto, no es más que su frío aliento de sus demoníacas fauces.


Continúo avanzando. No puedo hacer otra cosa. Desearía correr en dirección contraria pero mis pies no me obedecen.


Aterida y aterrada me dirijo hacia la casa, hacia la habitación iluminada de sanguinolento rojo.


No quiero ir. Pero no puedo no ir.

 
Con un escalofrío, me detengo frente a la puerta.


No quiero abrirla. Pero no puedo no abrirla.


Mi mano empuja la podrida madera.


La puerta se abre lentamente con un espeluznante chirrido.


Parece tardar una eternidad en abrirse.


Me quedo en el umbral apenas iluminado por la rojiza luz de la luna.


No tengo prisa. Ninguna prisa.

Lo que me espera en la densa oscuridad tampoco la tiene.


Oigo su pesada respiración.

Percibo su ansia.


Con lentitud, con pavor, con el cuerpo y el alma congelados, entro en la casa y subo a la habitación iluminada de rojo donde “eso” lleva eones esperándome.


Y ahora, si a alguien le apetece algo más ligero, puede pasarse por El cofre de los cuentos, donde un viejo conocido (al menos de los más "viejos" del lugar) espera una visita: El gato Garabato



 

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