Solipsismo

Solipsismo I

Elzeario estaba convencido de que era el único habitante del planeta y que el resto de humanos y animales sólo eran productos de su imaginación. Tan convencido estaba de ello que cierto día intentó probar a su nueva novia-producto-de-su-imaginación que el coche-producto-de-su-imaginación que se dirigía hacia él a toda velocidad no podía ocasionarle ningún daño.


Es obvio que su cuerpo no estaba tan convencido como su mente de que el coche que lo había arrollado fuera sólo algo imaginario y, tras varios intentos de reanimación, acabó falleciendo.



Solipsismo II

Elzeario estaba convencido de que era el único habitante del planeta y que el resto de humanos, animales y cosas eran producto de su mente. El único que estaba al tanto de esta curiosa teoría de Elzeario era su amigo (imaginario, como el resto) Prudencio que era, además, el único ser con el que aceptaba comunicarse.


Cada vez que sacaba el tema, Prudencio, como buen amigo imaginario, asentía comprensivamente a todo lo que Elzeario decía sin interrumpirle más de lo estrictamente necesario y sin llevarle, jamás, la contraria.


En realidad Prudencio no estaba nada de acuerdo con la tonta idea de Elzeario. Es más, Prudencio sabía que Elzeario estaba completamente equivocado aunque prefería dejar que siguiera creyendo en una idea que le hacía tan feliz antes que abrirle los ojos a la cruda verdad de que él, Prudencio, era un ser real y que el resto de personas, animales y cosas eran, también, reales y que Elzeario, sin embargo, no pasaba de ser un producto de su -demasiado activa- imaginación.




Solipsismo III

Elzeario estaba convencido de que era el único habitante del planeta y que el resto de humanos, animales y cosas eran meras invenciones suyas.


Un día a Elzeario las cosas comenzaron a irle de mal en peor y, derrotado y deprimido, decidió acabar con todos sus sufrimientos.


Elzeario dejó entonces de imaginar el sol, la luna y las estrellas. Dejó de imaginar el cielo, el mar y la tierra. Dejó de imaginar las plantas, los animales y las personas. Dejó de imaginar todo lo que había imaginado y, de este modo, sin un sólo ruido ni un sólo grito, el mundo llegó a su fin.





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