miércoles, 24 de febrero de 2010

Y siguen pasando nubes... y yo las sigo mirando..

...Y con cada nube que pasa, pasa un pensamiento...


La felicidad no es una circunstancia sino una actitud. Si falla la chispa interna, el “talento”, que te capacita para la felicidad dará igual lo que tengas o lo que obtengas, nunca serás feliz.


Las palabras bonitas adornan al amor pero no son amor. Los suspiros y las mariposas en el estómago dan brillo al amor pero no son amor. El latir acelerado del corazón, el pensar continúo en el ser amado dan emoción al amor pero no son amor. En realidad el amor llega cuando todas esas cosas desaparecen.


La nostalgia, como el alcohol, en pequeñas dosis, achispa, en grandes dosis, enferma.


Si me encontrara con mi yo de hace diez o veinte años, probablemente no me reconocerías. Si me reconociera, posiblemente me sorprendería redescubrir cómo era. Seguramente ni tan siquiera me entendiera.


No soy la niña que fui. Tampoco soy la joven que fui. Sin embargo, sin ellas y lo que ellas vivieron yo no sería yo.


Afortunadamente no soy perfecta. Afortunadamente no vivo una vida perfecta. Debe ser de lo más aburrido no tener nada que aprender, nada que superar, nada que corregir...


Cuando nos enamoramos, la locura se apodera de nosotros. Por fortuna, en cuanto llega el amor de verdad, la cordura regresa a nosotros.


Hay cosas que no se pueden arrancar del corazón pero que convendría almacenar en algún trastero apartado para luego tirar la llave.


Antes creía que la realidad era demasiado gris y no me gustaba. Prefería, con mucho, los sueños. Ahora sigo creyendo que los sueños están muy bien... para un rato y, además, he aprendido que la realidad está llena de colores, sabores y olores que no quiero perderme.


Los castillos en el aire no tienen nada de malo. Lo malo es que pretendas vivir en ellos.


No puedes pasar la vida viviendo de recuerdos. Es mejor que la pases construyéndolos.


No siempre es mala la mentira ni siempre es buena la verdad. No se puede ser sincero todo el tiempo ni se puede mentir a todas horas. Tan malo es lo uno como lo otro.


No soporto la gente que “lo dice todo a la cara”, tienen la curiosa tendencia de sólo decirte cosas malas. Aún no he escuchado a uno de estos “sinceros” abrir la boca para decir algo bueno.


Creo que es mejor arriesgarse y equivocarse que no hacer nada y lamentarse.


Doy gracias a todos los que me hicieron llorar porque dejaron el camino libre a quien ahora me hace sonreír. Doy gracias a las dificultades porque me enseñaron a ser más fuerte. Doy gracias a mis errores porque gracias a ellos he aprendido alguna cosa. Doy gracias a mi ignorancia porque me permite aprender algo nuevo cada día. Doy gracias a mi pasado por convertirme en quien soy.





lunes, 15 de febrero de 2010

Hojas

Es curioso cómo aparece la inspiración en los momentos y de las cosas más inesperadas. Por ejemplo, este relato me lo inspiró una frase del libro que estoy leyendo actualmente: "La conspiración alejandrina", un libro que no tiene nada que ver con el relato que me ha inspirado. La frase es: "¿Qué hoja va con cada árbol?" Y el relato que me inspiró -y que he escrito de un tirón y ni he revisado...- es este:



Todo el mundo la llama “la mendiga de las hojas” porque, en cuanto llega el otoño y los árboles comienzan a quedarse desnudos se la puede ver por parques y calles, recogiéndolas, acunándolas y repitiendo, a veces susurrando, a veces gritando y a veces, incluso, canturreando:


-¿Qué hoja va con cada árbol? ¿De qué árbol cayó esta hoja? ¿Y esta otra? ¿Y aquella de más allá? ¿Qué hoja va con cada árbol? ¿De qué árbol cayó esta hoja?


Y anda entre las hojas amarillas, las recoge, las observa con detenimiento y luego corre de árbol en árbol. Se aproxima a los álamos, a las acacias, a los castaños, a los arces y habla con ellos:


-Ésta, ésta es tuya. Lo sé. ¿Ves? Aún puedo reconocerlas.- y la acuna como si de un bebé se tratara y sigue hablando con el árbol- Sí, sí, llegó el momento de dejarlas volar ¿verdad? Sí, sí, es la hora de que bailen con el viento...


Y, girando y danzando, suelta las hojas y las entrega al primer torbellino que sople en ese momento. Luego, continúa con sus andanzas por parques y calles, tras las hojas amarillas y rojas. Hablando con los árboles, inclinando la cabeza como si les escuchara, asintiendo o negando, como si ellos le hablaran y le contaran sus secretos.


Cuenta su historia a quien quiera escucharla aunque nadie, por supuesto, la cree. ¿Quién puede creer las fantasías que dicen los locos?


Cuenta que es un hada y que se ha quedado atorada a medio camino entre su mundo y el nuestro y todo por culpa del amor. Cuenta que allá en su mundo ayudaba con los preparativos otoñales, que reunía a las nubes como si fueran un rebaño de ovejas y las pastoreaba hasta los lugares en donde debían dejar caer la lluvia; que cabalga sobre la espalda del viento y le ayudaba a arrastrar las hojas caídas y las por caer; que llevaba un cuidadoso inventario de cada hoja que caía y por eso sabía reconocer perfectamente a qué árbol pertenecía cada una.


Y cuenta que un día cometió dos errores muy, muy graves. Que el primer error fue enamorarse porque a un hada enamorada se le debilitan los poderes. Y que su segundo error fue aún más grave: enamorarse de un mortal porque los mortales son incapaces de comprender a las hadas y acaban rompiéndoles, siempre, el corazón. Sus hermanas se lo avisaron. Su reina se lo advirtió. Todos en el reino de las hadas intentaron aconsejarla pero el amor, ya se sabe, no entiende de consejos y advertencias.


Y cuenta que ella decidió seguir a su amor mortal hasta su mundo mortal. Sonríe al contar que, durante un tiempo, hasta se creyó feliz. Y sus ojos se nublan cuando narra cómo, poco a poco, todo se fue hundiendo lentamente ahogado por la realidad que la rodeaba. Él no la comprendía. Él no aceptaba sus poderes ni sus costumbres ni nada de nada. Quería transformarla en una mujer y que dejara de ser un hada. Y, aunque ella lo intentó, nunca lo consiguió... no del todo.


Y un día, finalmente, él la dejó abandonada y sola en este mundo.


Y cuenta que quiso volver al reino de las hadas pero ya no pudo. Su tiempo entre mortales la había debilitado y sólo consiguió llegar hasta la mitad del camino. Y así vive desde entonces a medias entre este mundo y el suyo. Sin pertenecer del todo a éste ni poder regresar del todo al suyo. De modo que aquí era una loca y allá era casi una sombra.


Sí, ella cuenta su historia a quien quiera escucharla pero es evidente que nadie puede creer las fantasías que cuentan los locos y sin embargo... Sin embargo corre el rumor de que, en noches despejadas de luna llena, te puedes encontrar a la “mendiga de las hojas” bailando y lanzando las hojas al aire y que hay momentos en que su mugrosa cara parece irradiar luz y que sus bastas ropas parecen hechas de finas telas y que el ajado fular de tul que cuelga siempre sobre su espalda parecen unas titilantes alas de hada.


Pero sea o no sea verdad, resulta imposible no emocionarse cuando ves pasar a la “mendiga de las hojas” mientras susurra sin descanso:


-¿Qué hoja va con cada árbol? ¿De qué árbol cayó esta hoja? ¿Y esta otra? ¿Y aquella de más allá? ¿Qué hoja va con cada árbol? ¿De qué árbol cayó esta hoja?








lunes, 8 de febrero de 2010

Huida

Déjalo, le decían. Abandónalo antes de que sea tarde. Escapa ahora que aún puedes. Pero ella, medio llorosa, medio risueña, medio encogida, medio orgullosa, decía que no, que ella no tenía que escapar de nada. Que sí, que él era muy bruto a veces, pero tienes que ver cómo se arrepiente luego, cómo llora, cómo me pide perdón. Él me ama, en serio, sin mí estaría perdido como un cachorrillo. Intenta controlarse, decía, mi amor hará que cambie. Ya lo verás, lo veréis todos.



Déjalo ya, le apremiaban. Abandónalo. Denúncialo antes de que sea tarde. Hazlo o lo haré yo, le suplicaban. Pero ella, asustada, abrazada a sí misma, decía que no, que ahora no. Que escaparía pero no ahora, más adelante, quizás; pero ahora no, no, él la mataría, se llevaría a los niños, nadie iba a creerla a ella. Él es importante, él es simpático, él es amable con todo el mundo. ¿No lo entiendes? Él es y yo, sencillamente, no soy. Prometía denunciar, lo haría, sí, pero no ahora, ahora no, dentro de un tiempo. Quizás se calme un poco, quizás se canse, quizás...




Debo dejarlo, se dijo. Ahora. Debo escapar. ya. Debo abandonarlo o será demasiado tarde. No, no será, ya es demasiado tarde. Debo huir. Debo huir. Eso era lo único que podía pensar mientras los golpes caían sobre ella. Debo huir, debo huir. Por encima del dolor. Por encima del miedo. Debo huir. Debo huir.


No sabía dónde pero huir. Huir. Huir. Huir...




Y corrió. Y corrió. Y encontró una puerta. Y la atravesó. Y la cerró tras ella.


Dejó de oír sus gritos, sus insultos, sus maldiciones. Dejó de sentir sus golpes, sus desprecios, su ira. Dejó de sentir miedo. Dejó de estar triste. Por vez primera en años se sintió en paz.


Los médicos no saben cuando saldrá de su estado de estupor.


Si pudieran preguntarle a ella y si ella pudiera responder, averiguarían que a ella no le importa estar donde está. Hacía muchos años que no se sentía tan a salvo.







Para compensar este relato tan "dramático" un vídeo de una de mis películas favoritas "Hairspray", con una de mis canciones favoritas. Si la escuchas y no te dan ganas de sonreír y de bailar... es que debes estar muy mal ;)



miércoles, 3 de febrero de 2010

Búsqueda

Le contaron, en cierta ocasión, que si su deseo era encontrar la sabiduría y la paz interior debía hablar con -y aprender de- el hombre más sabio y más viejo de todo el mundo que vivía en un monasterio que se encontraba en la montaña más alta del mundo. Un año gastó en decidirse a ir en su busca. Tardó otro año en cruzar medio mundo. Otro más le llevó llegar hasta la montaña más alta. Doce meses invirtió en llegar hasta la cima.


Le bastaron tan sólo dos minutos para percatarse de que aquello que veía no era un monasterio sino un pequeño -minúsculo- poblado. Invirtió dos horas en averiguar que se había equivocado de montaña y que la que él buscaba era la de al lado.


Un día le bastó para rendirse y abandonar su búsqueda.


Decidió quedarse unos días.


Los días se transformaron en semanas.


Y las semanas, en meses.


Y los meses en años.


Y, cuando había pasado una década desde su llegada, un hermoso atardecer, mientras contemplaba el juego de los niños del poblado, se dio cuenta de que su odisea no había sido en balde y de que, si en algún lugar, se encontraba la sabiduría y la paz de espíritu era, justamente, donde se encontraba en ese momento.


El hombre más sabio y más viejo del mundo y, a su vez, el anciano más prominente de la aldea, y abad de su pequeño monasterio-aldea, esbozó una gran sonrisa mientras contemplaba, desde lejos, el momento de revelación de aquel acólito que desconocía que era un acólito. Sí, señor, no había mejor maestro que la propia vida y la propia experiencia.