Año nuevo, vida nueva


Año nuevo, vida nueva. Ernesto llevaba días escuchando la famosa frasecita repetida hasta la saciedad por familiares, compañeros y desconocidos llenos de encomiables y utópicos propósitos de año nuevo.


Año nuevo, vida nueva, le había dicho su cuñado cuando comunicó su decisión de dejar de fumar, esta vez de verdad. Y Ernesto sonreía porque era el mismo propósito que hacía cada diciembre desde hacía unos diez años y que dejaba de cumplir invariablemente cuando llegaba el mes de febrero. Es que tengo mucho estrés, ya lo dejaré más adelante, y se encendía el cigarrillo con aire entre culpable y satisfecho.


Año nuevo, vida nueva, comunicaba entusiasmada su esposa su propósito de año nuevo. En cuanto pasen las fiestas, decía con firmeza, me apuntaré a un gimnasio para ponerme en forma y bajar los kilitos que me sobran. Ernesto, por supuesto, la apoyaba y la animaba aunque sabía que el saludable propósito se diluiría con las primeras luces del nuevo año envuelto en murmullos levemente culpables que hablaban de altos precios y escasez de tiempo.


Año nuevo, vida nueva, había comentado con entusiasmo su compañero Padilla, este año voy a ver menos televisión y a leer más que dicen que eso de leer es muy bueno para la mente. Ernesto aplaude, como siempre, la decisión de su compañero y hasta le recomienda algún que otro libro aún sabiendo que Padilla, efectivamente, comprará un libro o dos de los recomendados; leerá diez o veinte páginas de uno de ellos y, transcurridos unos días, ambos libros comenzarán a acumular polvo junto a todos aquellos que su compañero ha comprado cada primero de año desde que lo conoce con la sana intención de dedicar más tiempo a la lectura porque, bueno, ya sabes, llegas a casa cansado y, bueno, no apetece hacer el esfuerzo de leer y, bueno, en fin, ya sabes, te pones ante la tele y que te lo den todo hecho y, qué caray, que hay mucha tontería con eso de los libros y, bueno, quizás más adelante...


Ernesto nada les dice ni nada les echa en cara a pesar de llevar años y años escuchando los mismos buenos propósitos y los mismos deseos de cambio una y otra vez. Al fin y al cabo él también, hacía mucho tiempo, había dicho en cierta ocasión la famosa frasecita.


Aquel año había sido un mal año y lo de
año nuevo, vida nueva se había convertido en un mantra que le ayudaba a sobrellevar las discusiones con su mujer, los problemas con su familia, el estrés de su trabajo y, en fin, toda su aburrida y soporífera vida. Recuerda Ernesto su profundo anhelo de cambio y cómo le daba vueltas y más vueltas a la misma idea: año nuevo, vida nueva. Año nuevo, vida nueva. Año nuevo, vida nueva. Vida nueva, vida nueva, sobre todo, vida nueva.


Cuanto más se aproximaba el nuevo año, mayor era su deseo de renovar su vida por completo. No quería una simple lista de nuevos propósitos, quería una existencia totalmente diferente y estaba dispuesto a todo por lograrlo. Por eso, cuando aquel viejecillo rechoncho y sudoroso se le acercó en la fiesta de Nochevieja y le ofreció lo que deseaba a cambio de una minúscula e insignificante firmita con sangre justamente aquí y aquí, si es tan amable, Ernesto firmó aunque, por supuesto, no se había creído nada... o casi nada.


A pesar de su incredulidad Ernesto, en la mañana del día 1 de Enero, vio cumplido su deseo de poseer una flamante nueva vida. Durante un tiempo se sintió feliz con el cambio, justo el tiempo en que tardó en reproducir los mismos esquemas, las mismas quejas e idénticos problemas de su anterior vida. Daba igual que tuviera otra esposa, con ella tenía exactamente las mismas discusiones que con la antigua. Daba igual que tuviera una familia diferente, con esta repetía exactamente los mimos esquemas que con la anterior. Daba igual que su trabajo fuera distinto, el estrés acabó atacándolo de igual manera que antes.


En fin, que Ernesto tuvo que lograr una vida totalmente diferente para descubrir que todo seguía siendo lo mismo y que no era ninguna circunstancia externa lo que debía haber cambiado sino su actitud ante ellas. Por eso, ahora, sonreía ante los vanos intentos de cambios de quienes estaban a su alrededor porque él, gracias al diablo y sus trampas, ahora sabía que si el cambio no venía desde el interior daba igual lo mucho que se intentara cambiar lo externo.


Y aprenderlo tan sólo le había costado su alma...


Feliz Año Nuevo a todos ;)


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