lunes, 13 de diciembre de 2010

Amantes


Le fascinaba aquella curva de su cuerpo, justo aquella. Le gustaban todas, por supuesto, pero aquella en particular lo sumía en un estado de embeleso casi infantil. Cuando la contemplaba desnuda, tumbada de lado, mano y ojos se dirigían automáticamente hacia la profunda y delicada depresión formada por su cintura y en ella se extasiaban y deleitaban sin cansarse de tan deliciosa tarea.


Cualquier día, le susurraba pegando sus labios a la cálida curva, cualquier día voy a darte un mordisco aquí, en este delicioso trozo de piel blanca y delicada. Y, mientras lo decía, rozaba suavemente con sus dientes el lugar que decía querer morder haciendo que ella se estremeciera y se estirara con la sensualidad de un gato adormilado.


Ella sonreía con coquetería y se dejaba hacer, mientras él hundía su cara lamiendo, besando y acariciando el jugoso y dulce arco que tanta fascinación le provocaba.


A medida que pasaban los días, él se sentía cada vez más atraído por aquella suave curva formada por cintura y cadera aunque se habría reído con ganas si alguien le hubiera dicho que era un fetichista. No es fetichismo, hubiera dicho, me limito a rendir honores a la belleza y delicadeza del cuerpo femenino resumida toda en esa delicada curvatura en la que me gusta perderme. A ese lugar iban dedicadas las primeras caricias y besos de sus actos sexuales y también los últimos. Y siempre, siempre, repetía las mismas palabras casi con exactitud. Cualquier día, repetía con los labios pegados a la piel de ella, cualquier día morderé justo aquí, en este apetitoso rincón de sedosa piel.


Hasta que llegó el día en que ella decidió concederle el capricho de ese -esperaba- sensual mordisco. Adelante, le dijo, vamos, muerde ahí, justo donde siempre has dicho que querías morder. Y reía entre provocadora y divertida, acariciando su cintura, incitándolo a tomar lo que -según él repetía- tanto deseaba. De espaldas a él, maliciosamente sonriente, con su cabeza apoyada en la mano y mirándolo sobre su hombro, le repitió la invitación una y otra vez. Muerde, susurraba, muerde ese lugar que tanto te gusta.


Él casi no podía creerse la suerte que tenía, sonreía como un bobo ante su invitación y se la hizo repetir varias veces para estar bien seguro de ello.


Ella, cerrando los ojos, se tumbó lánguidamente esperando el -imaginaba- agradable y sensual bocado. Su amante aproximó la boca hacia el ansiado hueco, pasó dulcemente sus labios por toda su superficie, lamió con suavidad la piel erizada de ella y, lentamente, deleitándose con el placer por venir, abrió la boca.


Si ella hubiera visto aquellos monstruosos caninos y espeluznantes muelas tal vez hubiera gritado hasta romperse las cuerdas vocales. No llegó a verlos pero sus gritos resonaron durante lo que parecieron siglos cuando él por fin, hincó sus dientes en la carne tierna y cálida y, con una violenta sacudida arrancó un pedazo de jugosa y sanguinolenta carne.


Y siguieron resonando mientras él continuaba adentrándose en su cuerpo, comiéndola con el deleite de un gran gourmet en el mejor restaurante del mundo.


Mientras masticaba y tragaba él no dejó de darle las gracias por esa invitación sin la cual él no estaría disfrutando de una cena tan voluptuosa y exquisita.