Monstruos

La noche veraniega caía lentamente sobre el pueblo y sus habitantes comenzaba a salir en busca de un poco de aire fresco tras un día de intensísimo calor. Las calles comenzaban, lentamente, a llenarse de gritos infantiles y animadas charlas. La vida, paralizada y amodorrada durante tantas horas, reclamaba su lugar.


La velada se presentaba tranquila y agradable, tan agradable y tranquila como todas las anteriores de ese apacible verano. Lástima que esa misma noch
e todos los vecinos del pueblo -desde el más joven al más anciano- descubrieran (o recordaran) cuán rápidamente se puede pasar de la pacífica normalidad a la catastástrofe y el terror. En menos de un segundo toda placidez, toda alegría, toda despreocupación desaparecieron del pueblo barridas como hojas otoñales por el horror que se abatió sobre todos y cada uno de aquellos pacíficos vecinos.





Unos horrendos endriagos surgieron, repentinamente, de la oscuridad, abatiéndose sobre personas y cosas de manera salvaje y descontrolada.


Zarpas, garras y pinzas.

Patas, tentáculos, pezuñas y cascos.

Plumas, pelos, púas, placas óseas.

Fauces de afilados dientes, picos, hocicos húmedos, morros malolientes.

Gritos, alaridos, aullidos.

Varias decenas de monstruos se abalanzaron
a la vez sobre la población causando el pavor más extremo. La gente corría aterrorizada, se ocultaba bajo las camas, en sótanos, tras puertas fuertemente atrancadas.


Los rugidos de los engendros se mezclaban con los gritos de pánico de niños, mujeres y hombres. El caos se apoderó del pueblo de manera tan sorpresiva que alguno hubo que quedó paralizado en mitad de la plaza contemplando boquiabierto cómo las monstruosidades del submundo campaban a sus anchas por las calles.


Y, de pronto, tal como comenzó, la barahúnda cesó. Los espeluznantes seres detuvieron su aterradora incursión. Inmóviles, inclinaban sus cabezas escuchando y olfateando algo con suma atención. Algunos se encogieron como si intentaran hacerse pequeños y pasar desapercibidos, otros comenzaron a temblar violentamente, alguno más se abrazó fuertemente a su compañero más cercano.
El nerviosismo se extend
ía entre las grotescas filas.


Viendo tales muestras de miedo, la confusión y el temor de los humanos se duplicó (algo que, unos instantes antes, les habría parecido increíble).


¿Qué horror podía existir que paralizara de miedo a semejantes bestias del inframundo?

¿Qué horrible prodigio podía causar tal reacción en aquellos que, un momento antes, sembraban miedo y confusión en aquel pequeño pueblo?

Un silencio expectante había caído sobre monstruos y humanos.

Un bramido lastimero atravesó la noche. Todos parecieron encogerse un poco más en sus escondites.


Luego sonó algo parecido a un cachete emitido por megafonía.

Un fuerte llanto.

Y rugidos, y gritos...


-¡Grargito, ya puedes salir inmediatamente de dónde estés escondido!

-¡Rurgarsita, cómo no vengas inmediatamente te vas a ir calentita a la cama!

Los vecinos escuchaban todo con los ojos abiertos de par en par por la sopresa.

Los golpes y gritos continuaban.

-¡En la cabeza no, mami, que estoy estudiando!


-¡Yo no he hecho nada, jopetas!

-¡Ya verás cuando le cuente a tu padre lo que has hecho!

-¡Tira pa’ casa, tira que te vas a enterar de lo que vale un peine!


-¡La culpa de es de Krang que es el que nos mete siempre en líos!

-¡Hartita me tienes, hartita, qué ganas de que vuelvas al cole!

Unos cuantos gritos, sermones, cachetes y tirones de ¿orejas? más tarde, el silencio y la paz retornaron al pueblo.

Poco a poco todos salieron de sus escondites entre aliviados, asombrados y, sí, algo avergonzados al darse cuenta de que, a fin de cuentas, habían sido aterrorizados por un grupo de ¿niños? en vacaciones.





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