Depredador



Lo ve venir con una mezcla de inquietud y fascinación. Paso elástico y seguro. Atractivo. Con la sonrisa amplia del que se sabe dueño de la situación. Alto, fuerte, imponente en su traje gris.


Con decisión, el hombre se va aproximando a su chalet, el primero de la calle.


Hipnotizada por su imagen, lo contempla escondida entre las cortinas. No quiere que la vea. Si piensa que no está en casa, seguro que pasará de largo. Él continua avanzando y aproximándose. El corazón de ella late con fuerza. Ahora se arrepiente de no haber salido como tenía planeado en principio. Si lo hubiera hecho ahora no se encontraría en aquella desagradable situación.


El hombre se acerca a su cancela. Alisa su chaqueta. Compone su pelo y su sonrisa. Estira elegantemente su brazo y aprieta el botón del timbre.


Ella aguanta la respiración. No te muevas -piensa-. No hagas ruido. No respires. Si cree que no estás se marchará.


Él vuelve a tocar sin perder la sonrisa.


Ella tiembla tras las cortinas.


El hombre, mira hacia la ventana donde ella se encuentra y le hace un guiño. La mujer da un respingo de sorpresa. Sabe que está ahí. Es un misterio cómo es posible que lo sepa pero, no cabe, duda, él sabe que ella le está espiando tras los visillos.


Su mano -la de ella- tiembla.


Su mano -la de él- vuelve a acercarse al timbre.


El sonido resuena, con estruendo, en la silenciosa casa y, a pesar de saber que iba a sonar, la mujer da un salto, sobresaltada.



Si dejo que siga tocando quizás acabe por irse - piensa. Pero el hombre parece decidido a tocar una y otra vez hasta que su llamada sea atendida



Tras un rato de soportar el insoportable ring ring del llamador, ella decide rendirse y abrirle.


Suelta las cortinas y camina, arrastrando los pies, como una víctima llevada al cadalso, rumbo a la puerta.


No quiere hacer lo que va a hacer. No quiere abrir esa puerta. No quiere enfrentarse con ese ser terrorífico con aspecto de hombre. No quiere... pero sabe que lo va a hacer, que no tiene remedio, que él -y los que son como él- siempre llevan las de ganar con gente como ella.


Temblando, acerca su ojo derecho a la mirilla... y se encuentra con su mirada. Esa fría mirada de cazador. Sabe que su víctima le está observando. Sus instintos de predador nunca le fallan.


Ella tiembla tras la puerta.


Apoya la cabeza contra la mader. Toma aire. Intenta calmar el temblor de sus manos y lucha para que sus piernas la mantengan en pie.


Vuelve a llenar sus pulmones de oxígeno. Toma el pomo con toda la calma que puede reunir y abre lentamente la puerta.


La sonrisa del hombre se vuelve aún más amplia -si es que eso era posible-. Se sabe vencedor. Tiene su presa a un metro escaso. Enseguida la tendrá en su poder.


La mujer, temblando, susurra un buenosdías casi inaudible.


Él, inflando pecho, toma la mano de ella, con fuerza. La aprieta, la sacude, la retiene sonriente. Y comienza su ataque...


-Buenos días, señora, permítame que me presente. Me llamo Arístides Fajardo y soy comercial de la empresa....


La tarde va cayendo sobre la urbanización mientras la pobre víctima, con los ojos vidriosos, escucha la letanía que la llevará, lentamente, a caer vencida ante el poder del poderoso y temible depredador urbano.


El resto de posibles víctimas que han observado la cacería desde sus refugios, suspiran aliviadas... Hoy no les ha tocado a ellas.


Hoy se han librado.


Pero mañana... mañana puede tocarle a cualquiera.


Mañana... mañana puedes ser tú.




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