viernes, 4 de junio de 2010

Arenga

Antes de dar paso a mi post de hoy quiero agradecer a Antonio (Tnf25) el que, también este año, haya considerado que merezco uno de esos maravillosos premios que cada año reparte. El premio que me ha concedido esta vez es el Cuéntamelo que me fue entregado en esta genial ceremonia :) Muchísimas gracias, Toño, espero seguir mereciendo un premio de estos cada año :D. Y ahora sí que doy paso al relato que toca, aviso a quien no tenga muchas ganas de leer que me ha quedado algo largo... ejem...

Arenga


Amanece. Bajo el encapotado cielo otoñal, el general arenga a las tropas en formación frente a él. Sus hombres, trémulamente arrebujados en sus capas, escuchan a medio gas, más preocupados por el ejército que se encuentra unas colinas más allá que por las palabras que su superior suelta en andanadas, detonaciones y salvas, todo él anegado en ardor guerrero.


Calados hasta el hioides y medio adormilados -alguno aún lucha con alguna legaña poco deseosa de abandonar el ojo que la vio nacer y crecer-, los soldados apenas son capaces de discernir palabras aisladas.


Dios, patria, rey, honor. Estas cuatro palabras comienzan a atravesar penosamente la niebla de indiferencia, miedo, frío y sueño. Dios, patria, rey, honor. Muchos hombres comienzan a fruncir el ceño, otros comienzan a revolverse inquietos, algunos incluso se atreven a hablar en murmullos. El silencio que habitaba entre el ejército huye perseguido por los cuchicheos que van apoderándose del lugar.


El caudillo, exultante, siente su pecho henchirse de orgullo. Su soflama, piensa, está surtiendo efecto. Sus huestes despiertan y se animan, pronto lanzarán gritos de guerra y el valor llenará sus venas. Se lanzarán a la batalla llenos del coraje que sus palabras les insufla.


Los soldados se remueven inquietos. El aire se llena del resonar de metal contra metal. Espadas, lanzas, mallas, cascos y petos entrechocan entre sí con cada movimiento de la inquieta tropa.


El general concluye su discurso. Con el pecho rebosante de orgullo guerrero, se yergue sobre su caballo y lanza un poderoso grito de guerra, esperando que sus hombres le respondan con brío y furia.


Durante un rato tan sólo se oye la lluvia que cae como con desgana y alguna que otra tos o arrastrar de pies.


El caudillo mantiene su sonrisa durante el tiempo que necesita su cerebro para percatarse de que ninguna oleada de bélicos alaridos va a arrancarlo de su caballo, como él esperaba. El gesto risueño se le va derritiendo a medida que la información llega a su mente. El vencedor de mil batallas -o eso afirma- comienza a mirar a uno y otro lado con nerviosismo y, cuando se dispone a amonestar a los hombres por lo que él supone cobardía, un capitán bajito, regordete y medio cojo, se aproxima y pide permiso para transmitirle un mensaje de la tropa.


Sin darle tiempo a negarse, el capitán, aclarándose la voz, comunica a su superior que los soldados desean saber, exactamente, por qué dios van a guerrear, ya que entre ellos hay seguidores de diversas creencias y dioses. Están, por ejemplos, los seguidores de Dragarn, Señor de la Noche; o los de Frekyag, Amo y Hacedor de Mundos; o los acólitos de Kartilash, Diosa de la Muerte en la Cama e, incluso, algún que otro seguidor de Furrtar, el Dios de las Tartas de Crema Lanzadas a la Cara. Obviamente, cada uno está convencido de que la lucha debe hacerse en nombre de su dios, de ahí la disputa que, esperaban, el señor general pudiera dirimir. Por supuesto, también está el grupo de aquellos que no creen en dioses de ningún tipo y se preguntan por qué han de luchar por seres a todas luces inexistentes.


El general se dispone a responder cuando el capitán vuelve a interrumpirle pues, al parecer, aún había alguna cuestión más.


El tiempo avanza lentamente. El ejército enemigo sigue en sus puestos, a la espera.


La cosa es que, bueno, también quieren saber estos confusos soldados que a qué patria se supone que defienden porque, vaya, en este ejército hay gentes de todas partes del extensísimo país y así como por una parte casi no ven que tienen en común los unos con los otros, también es cierto que tampoco ven que haya excesiva diferencia entre ellos y aquellos contra quienes van a luchar. Y los hay que dicen que, bueno, que vale, que muy bonito eso de la patria y tal pero que a ellos lo que les importa de verdad, verdad es su pueblo, allá perdido en las montañas, o su ciudad allá junto al mar, o su caserío escondido en aquel valle y que, lo miren por donde lo miren, no sienten que sus terruños estén amenazados y que, en verdad, esa gran nación de la que habla el general pues que no saben qué es exactamente. Es más, hay incluso otros que dicen que viven justo en el límite entre los dos países y que, ahí, entre la tropa enemiga, tienen amigos y hasta familiares y ya me explicará usted cómo van a luchar contra el tío Branydel o cruzar espadas con Reygdesh el cantinero del pueblo del otro lado de la frontera.


Nuevamente el caudillo, perplejo, abre la boca para responder y, nuevamente, el rechoncho y chorreante capitán, lo detiene -respetuosamente, eso sí- para añadir una nueva duda.


El tiempo continua avanzando. El ejército enemigo aclama a su general.


Se preguntan también los hombres por qué han de luchar por el rey. Que ellos del soberano sólo conocen la cara impresa en las -escasas- monedas que pasan por sus manos. Que no saben qué ha hecho esa majestad por ellos para que ahora tengan todos que poner su vida en riesgo por él. Y que si tan enfadado está con ese otro monarca del país vecino pues que venga él y se pelee con su colega a puñetazos, como haría cualquier hombre decente. Preguntan si es que el rey ese dará de comer a sus hijos si a ellos les ocurre algo, o si van a mejorar sus vidas por ganar a ese otro ejército, o si ese rey lleno de riquezas va a compartirla con ellos, a bajarles los impuestos, a protegerles de bandidos, hambre y epidemias...


El general boquea como un pez, intenta quitarse -inútilmente- el agua que corre por su cara. El asombro tiene paralizadas todas sus conexiones neuronales. A pesar de todo, vuelve a hacer un nuevo intento de hablar pero -sí lo has adivinado- el capitán vuelve a detenerlo -con muchísimo respeto- y plantea una cuestión más. La última, según dice.


El tiempo avanza inexorable. A lo lejos se oyen resonar tambores y cuernos de guerra.


Y es que inquieren las huestes allí presentes qué cosa es esa del honor por la que hay que luchar, que si es algo que se come o así. Que eso, les parece, es cosa de ricos que pueden permitirse perder el tiempo en tontadas mientras que los pobres bastante tienen con ganarse el pan. Que si es por pan y trabajo y tranquilidad para sus familias, ellos lucharán como el que más pero que eso del honor a ellos les da igual y que no piensan mover un dedo por semejante sandez.


Una vez comunicadas todas las dudas, el capitán se reúne con la tropa y queda a la espera de las respuestas del general.


El general, desconcertado y confuso, sin saber qué decir, mira a lo que él esperaba que fuera una ola de terror para el enemigo y que, de pronto, se le ha transformado en un mar de interrogaciones y reflexiones sorprendentes.


El general no responde. El general no tiene respuestas. El general, en el fondo, sabe que lo que dicen está cargado de razón.


El general los mira en silencio y se encoge lentamente de hombros.


Uno a uno, los hombres afirman con la cabeza como quien confirma algo que ya sabía o suponía. Uno a uno, los soldados van dejando caer sus armas. Uno a uno, dan media vuelta y comienzan a andar en dirección contraria al enemigo que llegará en cualquier momento.


El mismo hombre que minutos antes les arengaba para despertar su valor y sus deseos de lucha, los ve alejarse sin hacer ni decir nada. Luego gira su caballo enfrentándose al lejano enemigo, al retumbar de cascos de caballos y a los alaridos de hombres dispuestos a luchar hasta la muerte por... por...


El general hace dar la vuelta a su caballo y, poniéndolo primero al trote y luego al galope, corre en pos de su ejército abandonando,por vez primera en su vida, el campo de batalla.