Vida

Tengo una vida pequeña, una vida sin importancia, una vida poco interesante, una vida, vaya, como de andar por casa.


Tengo una vida normal y sin grandes emociones, ni grandes lamentaciones, sin glamour, sin aventura, sin brillo y sin desaforadas pasiones.


Tengo una vida corriente, ordinaria, del montón, una vida en vaqueros y zapatillas, sin maquillaje pero llena de color.


Tengo un amor cotidiano, un amor de diario, de los de manta y televisión, sin misterios ni arrebatos, ni mariposas, ni suspiros, ni sobresaltos. Un amor casi en pijama, de pelos alborotados, de “me gustas hasta desaliñada”, de abrazos por la mañana, de besos en cualquier lado, de “no olvides bajar la basura”, del “qué comemos mañana”, de ir siempre de la mano o cogidos de la cintura, de secretos y complicidades varias. Un amor de cada día, sin grandes pretensiones.


No es un amor de película pero a mí, ya me vale.


Tengo una vida normal y me gusta que así sea. Para otros dejo el glamour, las grandes ambiciones, las agotadoras pasiones, las aventuras sin fin, las enormes aspiraciones, yo me quedo con mi vida cotidiana, con el despertar a mi hija a base de besos y abrazos, con su voz diciéndome “eres la mejor mamá del universo y la más guapa de la galaxia”; me quedo con sus historias sobre “puertas misteriosas que llevan a otras dimensiones”, “monstruos en el pasillo”, “peluches protectores”, “goznis come vísceras” y muñecas y princesas y hadas y muchísimas más cosas...


No es una vida extraordinaria pero a mí, ya me vale.


Tengo una vida en zapatillas y un amor en pijama. Tengo una vida normal, un amor cotidiano, una familia pequeña y un futuro que ya se verá, tampoco vamos a preocuparnos.


Tengo una vida de lo más corriente y moliente, una vida de andar por casa, sin grandes pretensiones.


Disfruto de cada día.


Soy feliz.


Para mí, ya es suficiente.







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