Supervivencia

En la planta más alta de la más alta torre del Castillo situado en la cima más alta de la más alta montaña del reino, dormía una hermosa princesa. Cientos de años habían transcurrido desde que una malvada bruja condenara a la joven al sueño mágico del que sólo despertará cuando un valeroso príncipe deposite en sus rosados labios su primer beso de amor.


Rodeaba el castillo un oneroso, oscuro y profundo bosque cuyos gigantescos árboles habían sido, en aquel lejano tiempo en que la dulce doncella aún hacía resonar su cantarina risa por las cámaras del Castillo, un poderoso ejército de diez mil fieros guerreros que habían jurado proteger y custodiar con celo a su princesa. Tan grande era su lealtad que se negaron a abandonarla aún cuando cayó víctima del hechizo. Entonces, la pérfida bruja decidió usar tanta fidelidad en su beneficio y transformó a los diez mil soldados en diez mil enormes árboles que estorbaran el paso a cualquier príncipe que pretendiera llegar hasta el Castillo. Ocupaban estos árboles casi cada palmo de suelo, dejando apenas espacio entre ellos para que crecieran espinos o circularan terroríficas bestias. Quien quisiera llegar hasta la torre debía ser verdaderamente muy audaz para afrontar los pavorosos peligros que se ocultaban en la tenebrosa espesura.


Por fin, más allá del bosque, se extendía una bella y amable villa, único resto del antaño extenso y poderoso reino. Eran sus habitantes sumamente cordiales y hospitalarios en extremo con los escasos visitantes que hasta ellos llegaban. Con amplias sonrisas y simpatía arrebatadora, los vecinos ofrecían al cansado forastero cama caliente, deliciosa comida, exquisito vino y agradable conversación. Se mostraban educadamente interesados por el mundo exterior y por el motivo que traía al viajero a un lugar tan apartado y, a su vez, saciaban la curiosidad del extraño sobre la historia de la ciudad y del Castillo.


El grueso mayor de visitantes lo formaban vendedores y artistas ambulantes que, conocedores del aislamiento en que la villa vivía, dirigían sus pasos hacia allí pensando en las grandes ganancias que podían obtener y que obtenían con creces, pues los lugareños acudían en tropel a la compra de aquello que no podían producir ellos mismos o en busca de una inocente diversión que les sacara de la rutina diaria. Tanto los unos como los otros eran bien recibidos y abandonaban el lugar contentos y con pingües beneficios.


Otro grupo de forasteros, menos abundante, era el formado por viajeros que se dirigían a otros lugares y que extraviaban el camino ya fuera por desconocimiento de los caminos o porque alguna niebla o tormenta inoportuna les hacía perder el rumbo. Cuando llegaba al pueblo alguno de estos, era recibido con calidez y amabilidad, se le ofrecía la mejor comida, la cama más mullida, amena conversación y, finalmente, se les mostraba cómo recuperar su camino ofreciéndose algún vecino a hacerle compañía durante todo el tiempo que fuese necesario.


Nadie, en fin, salía descontento de la pequeña villa al pie del hermoso Castillo donde dormía la bella princesa.


El último grupo de visitantes y el menos numeroso era el formado por los príncipes que se consideraban lo suficientemente osados como para enfrentarse a los peligros que pudiera conllevar despertar a la durmiente doncella. Llegaban a cuenta gotas, de año en año, de lustro en lustro o de década en década. Príncipes azules, príncipes encantadores, príncipes valientes y hasta príncipes-rana. Príncipes rubios, morenos, pelirrojos, altos, bajos, gordos, delgados, feos, guapos, listos, tontos, bravucones, románticos, idealistas, prácticos, ascéticos, lujuriosos... Príncipes de todo tipo y procedencia con una sola cosa en común: todos se creían los elegidos para salvar a la princesa y hacerse con la corona de un reino que, en realidad, ya no era casi nada.


Daba igual la apariencia, el carácter o la cuna del príncipe, si con cualquier visitante la hospitalidad era exquisita, con los jóvenes aspirantes la misma era llevada a sus cotas más altas. El recibimiento era digno del más grande héroe. Hombres y mujeres salían a las calles o se asomaban a balcones y ventanas para vitorear al joven aspirante que, con sorpresa y deleite, recorría la villa sintiéndose ya vencedor y rey. Durante varios días se hacían fiestas, se celebraban pantagruélicos banquetes donde el vino corría en abundancia y las jóvenes olvidaban el pudor ante una sonrisa del príncipe. El pueblo, en fin, se rendía a los pies del valiente que venía a salvar a su dulce y dormida princesa. El príncipe, por su parte, pasaba esos siete días de celebraciones ahíto de comida y borracho de vino y de una gloria aún no ganada.


Al amanecer del octavo día, el príncipe aspirante solía poner rumbo al Castillo. Todos los habitantes de la villa le acompañaba, en alborozada comitiva, hasta la misma linde del bosque donde le despedían entre vítores y efusivas muestras de afecto. Acompañado sólo por un pequeño grupo de jóvenes guías, el príncipe entraba, finalmente, en la tenebrosa espesura.



Mientras se adentraban entre los árboles continuaban las bromas y los cantos, durante un tiempo al príncipe no le molestaban ni los espinos que se enganchaban en sus ropas, ni las ramas de los árboles que parecían querer sujetarle ni la oscuridad que, a cada paso, se volvía más y más opresiva. El príncipe, los príncipes -cualquiera de ellos- seguían a sus guías adentrándose cada vez más en el bosque; medio aturdidos de vino y sueño no solían percatarse del momento en que ellos -sus guías- desaparecían.


Sólo tras un rato de silencio se daban cuenta de su soledad.


O de su supuesta soledad porque no tardaban los príncipes -cualquiera de ellos- en sentir apagados susurros, sigilosas pisadas, agitadas respiraciones, murmullo de hojas, crujir de ramas. Del norte y del sur, del este y del oeste, comenzaban a llegar monstruosas bestias de dientes afilados y zarpas terroríficas, temibles engendros salidos de oscuras pesadillas. Algunos intentaban luchar, otros intentaban huir, algún otro quedaba paralizado por el miedo y otros más se volvían locos de pavor y suplicaban piedad no sabían bien a qué. Pero de nada valían luchas, huidas, súplicas o rezos, los aterradores engendros siempre acababan por dar muerte a los príncipes -cualquiera de ellos- y a sus sueños de gloria, fama y poder.



En la linde del bosque, los ciudadanos de la villa aguardaban en silencio a que todo concluyera. Luego, una vez apagado el último y desgarrador grito, se ponían en pie y, dando media vuelta, retornaban a su casas, silenciosos y meditabundos.


No era una tarea agradable para ellos pero era necesaria.


No podían permitir que un príncipe -cualquiera de ellos- llegara hasta la hermosa y dormida doncella porque, si eso llegaba a ocurrir, la villa y sus habitantes desaparecerían, ya que ambos -villa y villanos- habían nacido de los sueños de su princesa y, si ella dejaba de soñar, ambos -villa y villanos- morirían con sus sueños.


No, no era una tarea agradable esta de matar príncipes pero era necesaria.


Por eso volvían en silencio y pesarosos a sus casas y, por eso, allá, en la planta más alta de la más alta torre del Castillo situado en la cima más alta de la más alta montaña del reino, la dulce princesa fruncía su níveo ceño y se estremecía levemente para luego continuar soñando con la vida en una hermosa y alegre villa.







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