sábado, 17 de abril de 2010

Post mortem


Que no, que el título del post no tiene nada que ver conmigo.
Que sí, que aunque no lo parezca, sigo viva. Ocupadilla, un poco baja de inspiración, pero viva (los que me tengan en facebook ya lo saben). Y para demostralo aquí estoy con un relato y con un par de cositas que me apetece compartir.

Una: hace unos meses participé en el
Concurso de Narrativa Corta de LVPDI (La Voz de la Palabra Escrita) una red de "gestión y promoción de autores". No gané pero quedé entre los 30 finalistas y se acaba de publicar la Antología que recoge los treinta relatos. El relato con el que participé lo había publicado ya en el blog en agosto del año pasado, si alguien no lo recuerda o no lo leyó y siente curiosidad, es el relato titulado Segismundo. La otra noticia también tiene que ver con un concurso literario, concretamente el I Concurso de Cuentos Reescritos con Perspectiva de Género del que, igualmente, se acaba de editar un libro que recoge cinco cuentos, cuatro finalistas y el ganador. Mi cuento tampoco ganó pero sí, como en el otro, quedé finalista. Quien quiera leerlo (o releerlo) se trata de Un cuento intrascendente aunque el que envié a concurso tiene algunas pequeñas modificaciones. Algún día, igual, hasta gano un concurso de estos, a saber :D Y eso es todo de momento, intentaré ponerme al día con toooodos vuestros blogs (cosa que me llevará un tiempo) y no tardar tanto en publicar. Y ahora, si os quedan ganas, a leer mi relato :D



Post mortem



La mañana de mi funeral amanecí recién afeitado, limpio y correctamente vestido para la ocasión. Nada que ver con mi habitual estilo informal pero supongo que correcto para el momento.


Supongo que fue idea de mi madre el vestirme así. Ella, siempre pendiente de las apariencias y la buena presencia, se encontraba en ese momento junto a mi ataúd dando unos últimos toques a mi aspecto. Sonriente a pesar de las circunstancias, íntimamente satisfecha al verme, por fin bien vestido, tras años de luchar contra mis vaqueros y mis deportivas. Como cuando era niño, arregló la camisa, alisó la chaqueta y, sacando un peine de su bolsillo, compuso mi peinado a su gusto. Luego, ya satisfecha, regresó a su silla y, extrayendo un diminuto y primoroso pañuelo de tela de su bolso -mi madre jamás usaba pañuelos de papel por considerarlos vulgares- se enjugó unas inexistentes lágrimas y exhaló unos pocos suspiros. A mamá nunca le gustaron las demostraciones emotivas o afectivas ya fueran en público o en privado. El hecho de que, una década atrás, le robara una gran cantidad de dinero tampoco ayudaba a que se sintiera especialmente amorosa hacia mi difunta persona.


A continuación se aproximó a mi último lecho mi repelente hermano mayor. Dada la longitud -excesivamente corta- del pantalón y la anchura -excesivamente amplia- de la chaqueta, supuse que él había sido el orgulloso dueño del carísimo traje con el que habían vestido a mi cadáver. También él sacó un pañuelo del bolsillo, aunque no para enjugarse ninguna imaginaria lágrima sino para secarse los ríos de sudor que corrían por esa fofa cara suya, cuyos rasgos parecían escurrirse y caer como si de cera derretida se tratara. Nada en mi hermano era firme y sólido. Su cara, su cuerpo, su forma de ser, todo en él evocaba laxitud, inconsistencia, maleabilidad. Tampoco él parecía especialmente apenado por mi reciente y repentino fallecimiento pero, bueno,tampoco se le puede culpar por ello, a fin de cuentas, me acosté con su mujer, le timé y casi lo llevo a la ruina... todo en el mismo año. No, no le puedo culpar por su falta de aprecio. Mi sudoroso hermano, pellizcó mis mejillas con excesiva fuerza y sudorosas manos, lanzó una risita conejil y se apartó de mi féretro limpiándose, nuevamente, el sudor que corría por su bamboleante papada.



La enorme y arcillosa figura de mi hermano dejó paso a mi menuda cuñada y ex-amante. Su preciosa y curvilínea figura había ganado algo de volumen, el contorno de sus ojos mostraba una pequeña red de arrugas, pero seguía tan apetecible como antes y tan opuestamente sólida a mi hermano como siempre. Ella no intentó disimular ningún tipo de dolor como mi madre, ni lanzaba risitas sarcásticas como mi hermano, no, ella me miraba con la indiferente frialdad de una mantis religiosa disfrutando de su banquete nupcial. Como pueden imaginar tampoco mi cuñada me guardaba especial cariño, a fin de cuentas, a punto estuve de destrozar su matrimonio y dejarla en la ruina. Se inclinó sobre mí, expulsó el humo de su cigarrillo mentolado en mi cara y, acercando su roja boca a mis frías orejas hizo algún comentario sarcástico tan característico de su cáustico carácter, o eso imagino porque ese fue el momento elegido por mi vociferante progenitor para hacer acto de presencia junto al vacío cascarón que, hasta el día anterior, había sido mi cuerpo.



Mi padre no poseía ni la exquisita y pedante elegancia de mi madre, ni la inconsistencia arcillosa de mi hermano ni, por supuesto, la estridente sensualidad de mi cuñada. Mi padre era vulgar como una sarta de tacos de camionero, sólido como un muro de hormigón y, a pesar de su estruendosa presencia, frío como un caimán. No me quería más que el resto de la familia. Su cartera también fue víctima de mi saqueo y le aseguro que no fue tarea fácil sacarle los cuartos. Papá era demasiado listo para dejarse robar, embaucar o timar. A él lo chantajeé, ah, sí, ese fue mi más fructífero trabajo. Descubrir que mi vociferante y tradicional padre tenía una amante fue como descubrir una inagotable minas de diamantes. Hasta el mismo día de mi muerte estuve disfrutando de las rentas que me generaban ese gran descubrimiento.


Tras mi familia más cercana continuó el desfile de deudos, amigos y conocidos. Nadie había venido a llorarme. Todos estaban allí para asegurarse de -y complacerse con- mi muerte. Jamás pensé que hubiera tanta gente que me odiara, ni imaginé que llegara a verlos a todos reunidos por mí. Le puedo asegurar que ahí no había ni una sola persona que sintiera el más mínimo aprecio o simpatía hacia mi difunta persona. El recinto estaba repleto de gente a la que había robado, estafado, chantajeado, extorsionado, desvalijado y/o dañado de las más variadas formas (siempre he sido muy imaginativo); gente que sólo sentían por mí antipatía, odio, rabia e inquina. De haber estado vivo creo que la atmósfera de rencor y aborrecimiento que allí se respiraba habría acabado por matarme.


Resultó divertido contemplar, desde mi fantasmal posición, las múltiples muestras de odio que me fueron dedicadas con febril entusiasmo. Nadie intentó simular aprecio hacia mi persona, nadie fingió que lamentaba mi muerte, nadie pretendió actuar con fingido respeto hacia mí. Puede que para usted el hecho de que que toda esa gente se acercara a mi féretro sólo para insultarme y regodearse en mi muerte le parezca algo horrible pero a mí me resultó de lo más reconfortante contemplar tal falta de hipocresía. A fin de cuentas en ese recinto no había ni una sola persona que no hubiera sufrido algún tipo de daño económico y/o moral por mi causa. ¿Por qué habrían de fingir un amor que no sentían por el mero hecho de ser yo un cadáver? ¡Absurdo!


La experiencia resultó intensamente catártica para todos ellos, quienes, al fin, se sintieron liberados y desagraviados. A mí todo aquello me parecía a ratos curioso, a ratos divertido. Me sentía distanciado de todo aquello, como si fuera un espectador de una extraña obra teatral. Sentía curiosidad por el desarrollo de los acontecimientos pero no me afectaba ni emocional ni sentimentalmente nada de todo aquello.


Imagino que, a estas alturas, estará usted esperando el momento en que yo confiese que, ante tal espectáculo, mi alma se estremeció de dolor y de arrepentimiento y que le hable del profundo dolor que me causó la comprobación de todo el daño que había provocado. Le va a decepcionar saber que no ocurrió nada de eso. Si en vida no sentí, jamás, arrepentimiento alguno no veo el motivo para sentirlo después de muerto. No, ni tan siquiera por miedo al posible castigo. Uno tiene que ser consecuente con quien es y con sus actos ¿no cree?


Como es fácil de comprobar dado que estoy contándole todo esto, tampoco hubo una luz blanca hacia la que caminar, ni espíritus malvados que me llevaran entre gritos hacia el submundo para ser torturado eternamente, ni nada de nada. Como ve sigo por aquí, no me pregunte por qué. Si tiene algún sentido que mi fantasma continúe vagando por el mundo terrenal no lo sé ni me importa. No es una situación ideal pero de lo único de lo que me puedo quejar es de aburrimiento.


No señor, no, en mi historia no hay ni moraleja ni propósito alguno más allá del hacerme pasar un rato entretenido en esta eternidad sin sentido en que no-vivo. Si quiere historias edificantes busque, busque otros fantasmas. Los hay más que dispuestos a hablarles de cuán malvados fueron en vida y de lo mucho que se arrepintieron tras su muerte.


Yo, no lamento decirlo, sigo siendo el mismo canalla egoísta que fui, el mismo sinvergüenza,... y me gusta. Y ahora que he conseguido robarle varios minutos de su tiempo (es lo único que ahora puedo robar) voy a continuar mi camino en busca de algún otro dispuesto a escuchar la historia de este servidor. Ha sido un enorme placer charlar con usted y hacerle perder el tiempo de manera tan absurda.