Anormal normalidad



Un día cualquiera


Parecía una mañana como tantas otras. La ciudad -la parte diurna de la ciudad- se desperazaba y comenzaba la jornada como siempre había hecho. Los urbanitas enfrentaban la jornada como hacía cada día.


Nada parecía diferente.


Nada anormal parecía esperar a la ciudad ni al mundo.


Sin embargo, a media mañana, una extraña sensación comenzó a correr como la pólvora por toda la metrópoli. Una curiosa inquietud empezó a bullir entre los habitantes del planeta. Unos la sintieron como una ligera opresión en el pecho, otros como unas ligeras mariposas estomacales, para algunos fue más bien como una serie de pequeñas descargas eléctricas y también hubo quien sintió todas estas cosas a la vez.




Nadie sabía cómo ni por qué pero, poco a poco, se fue extendiendo la idea, más intuida que pensada, de que algo trascendental estaba a punto de ocurrir.


En un momento determinado del día, todos los humanos salieron de sus lugares de trabajo, comercios, casas, chabolas, chozas, chamizos, tiendas de campaña, automóviles, escuelas y cualquier otro lugar en el que se encontraran. Era la primera vez en la historia que la especie hacía algo al unísono.


La segunda vez que la especie humana hizo algo al unísono, ocurrió unos minutos más tarde, cuando todos, absolutamente todos, alzaron sus ojos hacia el cielo. Y vieron todos lo mismo.


Ya fuera en cielos estrellados o soleados, en cielos nublados o despejados, en cielos crepusculares o en pleno amanecer, la visión fue la misma: una luz de color rojo sanguinolento, tan intensa que, en aquellos lugares donde era pleno día, llegaba a eclipsar a la luz solar. Casi enseguida la luz dejó paso a unas enormes, descomunales, mastodónticas letras que formaban dos únicas palabras:


GAME OVER


Y enseguida llegó la nada...



La mirilla


Marcela tenía la mala, malísima costumbre de observar a través de la mirilla de su puerta, las entradas y salidas de sus vecinos. En realidad, más que costumbre, lo de Marcela hacía años que había adquirido tintes de droga.


La mujer no podía vivir sin pegar sus ojos a la mirilla (digo ojos y digo bien, porque Marcela pasaba tantas horas en tan “apasionante” labor que, debido al agotamiento visual, debía alternar entre el uno y el otro) y estudiar, con pasión de naturalista, la vida de sus vecinos de rellano de los cuales conocía horarios laborales, visitas de amigos y familiares, salidas vacacionales... Su obsesión llegó a tanto que incluso comenzó una serie de expedientes donde anotaba horas, datos diversos e incidencias varias.


Pero un día, al acercar su ojo a la mirilla, Marcela no vio lo que esperaba ver.


Un día, al acercar su ojo a la mirilla, Marcela vio otro ojo que también se acercaba hasta ella desde el otro lado de la puerta. Un ojo lleno de negrura, un ojo rebosante de maldad, un ojo henchido de odio y crueldad sin fin. Marcela vio un ojo que la miraba, que sabía que ella estaba allí, al otro lado, un ojo que le decía “te conozco... sé que estás ahí... pronto estaré de ese lado...”.


Y sintió que se hundía en aquella mirada oscura y vio horrores que nunca hubiera imaginado. Podía percibir su cordura desapareciendo poco a poco.


Fue necesaria toda la fuerza de su marido para apartarla de aquella mirilla y de aquella mirada.


Después de ese día Marcela cambió la puerta por una sin mirilla...





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