jueves, 7 de enero de 2010

Invierno

Y pasó la Navidad. Y pasaron los Reyes. Y entre restos de papeles, cartones, espumillón y roscones, vamos pasando la resaca y regresando, poquito a poco, a nuestra vida cotidiana, a esa que -afortunadamente para los más convencidos ecologistas - carece de lucecitas callejeras (a menos, claro, que vivas en un lugar con tradición carnavalera donde suelen aprovecharse para estas fiestas), sin enormes comilonas -afortunadamente para nuestros estómagos y sin regalos -afortunadamente para nuestros bolsillos-. Y aquí vuelvo yo, dispuesta a seguir contando estas cosas mías y a compartirlas con todos los que quieran hacerlo. Espero que los Reyes se hayan portado estupendamente con todos y que, incluso aquellos que saben que merecerían un buen saco de carbón, hayan recibido regalos y el amor que ellos expresan.


Aprovecho para dar las gracias a Goloso que ha tenido la gentileza de dedicarme una maravillosa y sonrojante crítica en su blog LA BLOGOSERÍA (El blog de los golosos de los blogs). Si alguien tiene curiosidad, que se acerque a este post y lea las cosas que dice... (una también tiene derecho a chulear un poquito ¿no? ;). Hale, ahora sí, doy paso a mi post de hoy.


Invierno


Esta mañana, al abrir la puerta, me encontré con el Sr. Invierno recién llegado a la ciudad. Buenos días, le dije. Buenos días tenga usted, él me respondió.


Venía, como cada año, a invitarme a pasear y a charlar.


El Sr. Invierno es alto y delgado. Afilado, casi puntiagudo y muy atildado. Es muy friolero por eso viste siempre, como mínimo, con quince abrigos, diez bufandas, cinco gorras, varios pares de guantes, ocho calcetines y sólo usa un par de botas porque si se pone más, anda como un pato.


El Sr. Invierno es bastante taciturno, reservado, circunspecto... Vamos, que es muy callado. Y hay quien piensa que es seco, adusto y bastante agrio. Él se queja, es normal, de que nadie parece quererle, de que todos le vienen a protestar, que si hace mucho frío, que si no se puede ver el sol, que si las flores, que si las plantas, que cuando vuelve el calor...


Y yo dejo que proteste porque no tiene con quien hablar. Y lo dejo que se queje porque no tiene con quien charlar.


Y me cuenta que todo el mundo le pregunta por la primavera y todos suspiran por ella: -¡Ay, cuándo llegará!- y el pobre no lo comprende porque a él, el invierno, le parece, ella, la primavera, una cabeza a pájaros sin un gramo de seriedad.


Y con el verano -se lamenta- ya es una locura: que si el sol, que si la playa, que si los helados, que si la alegría... ¡menuda chaladura! Y el pobre no lo comprende porque a él, el invierno, le parece él, el verano, un cabeza loca sin un gramo de formalidad.


Hasta al otoño, su hermano más cercano, me cuenta, lo prefieren antes que a él. Porque dicen que es romántico, bufa desdeñoso, y nostálgico y... otras zarandajas. Y el pobre no lo comprende porque a él, el invierno, le parece que él, el otoño, un cabeza loca sin un gramo de gravedad.


Y yo dejo que proteste porque no tiene con quien hablar. Y lo dejo que se queje porque no tiene con quien charlar.


Y seguimos paseando mientras él se sigue lamentando sin parar. En el fondo, es su modo de disfrutar. Y poquito a poquito, pasito a pasito, a casa regresamos charlando sin parar.


Llegamos a casa, sirvo un chocolate bien caliente y el Sr. Invierno, da un suspiro satisfecho y guarda silencio. No se quita ni abrigos, ni bufandas, ni guantes ni nada, es muy friolero. Sentado cerca del radiador me pide una manta y contempla con aire tristón la nieve que cae en el exterior.


Es un poco huraño el Sr. Invierno, un tanto taciturno, algo melancólico, y bastante quejicoso, no lo no voy a negar pero en cuanto le conoces -créeme, es la verdad- es bastante agradable sentarse en silencio junto al fuego mientras, allá afuera, el frío, la lluvia, el viento, la nieve, la niebla y el hielo llegan tras él.


Cuando la cae la noche el Sr. Invierno se despide porque su trabajo debe continuar. Buenas tardes, le digo, vuelva para Navidad. Buenas tardes, me responde, aquí estaré sin faltar.


Y, mientras cierro la puerta, y le veo marchar pienso en que me gusta el Invierno, no lo puedo evitar.