martes, 26 de enero de 2010

Diccionario

Entró en el diccionario en busca de palabras que le definieran y le ayudaran a conocerse. En su exploración quería llegar, como mínimo, hasta la palabra Yo; luego ya vería si continuaba su paseo hasta la letra Z para zascandilear, zancajear, zangolotear e, incluso, zizgzaguear camino de zutano pero esto ya en plan turismo puesto que siempre había sido un admirador de la última letra del abecedario.

De modo que, habiendo desechado abatido, aberrante o ablandabrevas, así como abobado o abnegado y otras como abominable -genial para yetis pero que a él le venía grande- y otras cuantas más, decidió dar un salto y comenzar su búsqueda en alter ego más que nada porque pensó que quizás eso le ayudase a mirarse desde el punto de vista de otro.



De ahí pasó a la b y se quedó, entre otras, con bailongo, bajo o baladrón -intentaba ser lo más honesto posible- y descartó, entre otras, babieca, baboso o bello. Y así hasta llegar al final de la b y pasar, de un pequeño salto, a la c.

Se apropió de cabal sin pensarlo y también de caballero, aunque con ciertas dudas. Aceptó cabezota y apartó de un manotazo a cabrón y, más adelante, a cafre.

Todo iba, pues, estupendamente en su exploración íntimo-lingüística. Escogía, descartaba, aceptaba y rechazaba adjetivos procurando ser lo más honesto que pudiera consigo mismo.



Pero cuando llegó a la d comenzaron sus problemas. Allí rechazó dadivoso y también dañino. Se quedó con decadente, decente y decidor. Dudó ante decoroso -rechazándolo tras pensarlo un rato- y se alejó de decrépito sin pensarlo. Llegó entonces a la palabra dédalo, giró a la izquierda... y comenzó a sentirse confuso y extraño. Podía seguir avanzando, desde luego, pero todo le parecía difuso, vago, como borroso.

No se preocupó y continuó con su avance. Tras la d, la e y luego la f. inmediatamente después la g, luego la k y, finalmente, la l. Hizo el recorrido con una extraña sensación de aturdimiento, se sentía desorientado y no sabía por qué. Entonces llegó a laberinto, giró a la izquierda... y volvió a encontrarse con la palabra dédalo.



Volvió sobre sus pasos, giró a la derecha, encontró la palabra laberinto y lo intentó de nuevo. Esta vez torció a la derecha... y se dio de narices con la palabra dédalo.

Decidió intentar volver a hacer el camino desde ahí.

Llegó de nuevo a laberinto. Dio unos cuantos pasos y de nuevo se topó con la palabra dédalo.

Su única salida, descubrió más tarde, era regresar hacia la letra a. Pero, como ya quedó claro a su paso por la letra c, era tremendamente cabezota.


Así que ahí continúa, enredado, confuso y perdido entre el dédalo y el laberinto, incapaz de acabar su exploración interior y llegar hasta su ansiado Yo.


Me pasó Steve (muchas gracias) hace un par de días el enlace a un vídeo precioso y lleno de ternura. Tanto me ha gustado que no me resisto a compartirlo. No te lo pierdas, acabarás con una sonrisa :)