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Mostrando entradas de marzo, 2009

Bewitched

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-Buenas tardes.
-Buenas tardes, Sr. Inqusidor, venía a confesar que yo soy bruja.
(Husband-Gollum: ¡Eso, eso, confesar, confesar....!).
-Me parece estupendo que usted confiese lo que quiera, señora, pero yo soy notario, no inquisidor.
-¿Notario? Bueno, mejor, así no me torturará ni me quemará ni nada de eso. Venga, empecemos y tome usted nota de todo lo que se diga aquí.
(Husband-Gollum: ¡Eso, eso, confesar, confesar....!).
-En fin... mientras me pague... A ver, dice usted que tiene un pacto con el Señor de las Tinieblas .
-¿Con Drácula?
-No, señora, me refiero al “otro” Señor de las Tinieblas. Ya sabe Satanás, Lucifer, Belcebú... Ya sabe.
Huy, no, quite, quite, qué repeluz, yo no tengo ningún pacto con ese señor...
-Pero me acaba de decir que es usted bruja.
(Husband-Gollum: ¡Eso, eso, bruja, bruja....!).
-Sí... ¿Y?
-Pues... eeeh... nada. Veamos entonces puede usted predecir el futuro.
-¿Yo? ¡Qué va!
-¿No echa las cartas?
-¿Al buzón? Claro, no voy a dejarlas en cualquier sitio...
(Husband-Gollum: ¡V…

Tinkerbell

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Este post está inspirado en un comentario de Hernán (y mi respuesta a él) en mi anterior post.

Tinker Bell... así me llamaban. Tinker Bell, Tink, Campanilla... esos eran mis nombres cuando vivía allá en Nunca Jamás. Bueno, sería más acertado decir que “así me llaman” porque aún sigo regresando cada cierto tiempo. He de hacerlo para recolectar la magia necesaria para mantener mi forma humana.
¿Que por qué dejé Nunca Jamás? Pues verás, por una parte, Peter Pan me tenía más que un poco harta. Ya, ya sé que te extraña que diga eso, todo el mundo parece tener una visión muy idealizada de Peter... por culpa del Sr. Barrie. Un bonito libro, no cabe la menor duda pero en el que Peter Pan sale demasiado favorecido, créeme. Y es que no puedes ni imaginar lo que era vivir junto a semejante presumido, ególatra, egoísta e inmaduro memoria de pez. Y te lo digo yo que fui quien lo encontró y lo crió, mal, no lo niego pero, oye, soy un hada y no sé nada sobre educación infantil... En fin, que ese cr…

El regreso

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Primero fue el olor. Había estado soñando con el mar, así que pensó que formaba parte de su sueño pero, para su sorpresa, al abrir los ojos el aroma seguía con él. Se levantó de la cama y ahí continuaba. Permaneció con él todo el día; y ahí se mantenía, varios días después, el olor salado e intenso, el olor verde azulado del mar, un olor tan real que casi sentía la sal en los labios.

Luego llegó el sonido de las olas. Se despertaba con su estruendo en un día tormentoso. Se dormía con su arrullo tranquilizador. La música del oleaje iba tras él fuera donde fuera.
Hacía tiempo que la vida se le estaba haciendo cuesta arriba. El día a día lo aplastaba. Las obligaciones le pesaban. Su mujer le agobiaba. Su trabajo no le ofrecía ningún aliciente. Nada le satisfacía. Nada le llenaba. Nada le hacía feliz. El mundo le parecía cada vez más triste y no se sentía cercano a nada ni a nadie.
Y ahora, además, el mar le estaba llamando. Le cantaba día y noche, noche y día. El mar le murmuraba historias…

Licantropia

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De haber nacido Zacarías Kull en la Edad Media tal vez -sólo tal vez- hubiera encontrado a su novia altamente sospechosa pero, lamentablemente para él, fue a nacer en la época actual, mucho más racional que aquella.
Asimismo, si Zacarías hubiera sido un hombre dado a supersticiones, leyendas, parapsicologías y mitos de todo tipo, quizás -sólo quizás- habría visto alguna cosa anormal en la antedicha, pero a Zacarías esos temas no le resultaban atrayentes. De modo que no encontraba nada -demasiado- extraño en el pertinaz hirsutismo de su amada. Y, por supuesto, tampoco encontraba nada insólito en el hecho de que cada veintiocho días, coincidiendo con la luna llena, su chica se volviera extremadamente arisca y se negara a verlo pues ambas cosas eran achacadas por Zacarías a lo que él denominaba eufemísticamente “sus días especiales”.
Llegado el día de conocer a su futura familia política, Zacarías consideró de lo más normal que sus futuros suegros y cuñados vivieran en una cueva (cosa que…

Regalos

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Primer regalo

Encorvado, arrugado, yendo todo lo aprisa que le permiten sus piernas, nos cruzamos con él en un paso de peatones. Señala a la niña, señala al cielo, nos dice algo a toda velocidad. Al llegar a la acera, miramos hacia atrás y cruzamos miradas de perplejidad, preguntándonos si alguien había entendido lo que el viejito nos había dicho... pero no, el encuentro había sido tan rápido que nadie -ni el “husband”, ni la niña, ni yo- había entendido sus palabras. Bueno, sí, habíamos entendido sólo una: luna.
Así que relacionamos la palabra con el gesto de señalar al cielo y, suponiendo que eso era lo que quería, elevamos nuestra mirada hacia la luna. Y entonces:
-¡Oh!
-¡Ah!
-¡Qué bonito!
Al mirar hacia arriba nos encontramos con una hermosa luna en cuarto creciente y, justo, encima, el lucero vespertino.
Primero nos quedamos un rato embelesados con esa hermosa imagen.
A renglón seguido tocó mini-lección de astronomía, vamos, que le expliqué a la niña que el lucero no era otra cosa qu…