Monstruos en el armario


Aquella puerta le fascinaba y le aterrorizaba a partes iguales.


Le aterrorizaba porque sabía que tras ella se ocultaba algo extraño, un misterio, quizás un monstruo... o varios. Y era esa misma e inquietante razón la que hacía que aquella puerta –y lo que ocultaba- resultara fascinante.


Su padre le había dicho cientos, miles de veces, que ahí no había nada. Que tras esa puerta únicamente estaba su ropa. Que no existían los monstruos ni las entradas a mundos ocultos. Y, mientras le decía estas cosas, abría el armario y metía en él parte de su enorme corpachón -era imposible que tanto volumen pudiera entrar por entero en aquel reducido espacio-, revolviendo todo su contenido (lo cual ponía a su mamá de muy malas pulgas); luego, tomándolo de la mano, lo levantaba de la cama y lo hacía entrar para que comprobara por sí mismo que ahí dentro el único ser vivo que habitaba era una polilla hambrienta que era inmediatamente eliminada.


Tras esta demostración paterna y durante un par de días, el asunto parecía olvidado y casi se convencía de que estaba equivocado... Hasta que volvía a escuchar susurros, roces y arañazos al otro lado de la puerta. Entonces se encogía en la cama y miraba fijamente esperando ver la tenue luz que se filtraba por el resquicio de la puerta. Estaba seguro de que, algún día, lo que estuviera al otro lado querría pasar; no sabía qué era, jamás lo había visto pero no tenía la menor duda de que, tarde o temprano, querría entrar en su dormitorio y le temblaba la imaginación al pensar en lo que podría ocurrir cuando eso ocurriera.


Hasta que un día se hartó de tener miedo, se cansó de temblar de pavor bajo las mantas y de vigilar aterrorizado la puerta del armario. De modo que pensó que lo mejor era pasar a la acción, abrir esa puerta y, en lugar de esperar a que esa cosa viniera en su busca, ir él a su encuentro. Nadie más conocía -o creía en- su existencia y, por tanto, nadie podía ayudarle a descubrir qué era aquello que tanto terror le provocaba.


Aquella noche, cuando pensó que sus padres estaban ya dormidos, el valiente jovencito se sentó en su cama a la espera de que comenzaran a escucharse los murmullos y los golpeteos. La espera -cosas del miedo- se prolongó por toda una eternidad y se esfumó en un instante. Durante ese tiempo sus ojos no se apartaron del armario, deseando y temiendo que llegara el momento en que la anaranjada luz reptara bajo la puerta.


Cuando oyó los primeros ruidos del otro lado, su corazón pareció detenerse durante un segundo para luego lanzarse a galopar desbocado como si quisiera escapar de su pecho para no acompañarlo en su loca aventura.


De un empellón, su fuerza de voluntad lo obligó a ponerse en pie y a aproximarse, lentamente y con mucha cautela, al ropero. A medida que se acercaba los roces y susurros aumentaban de intensidad. Su respiración se volvió jadeante de puro miedo. Sus manos temblaban sin control pero, a pesar de todo, siguió adelante.


Llegó a la puerta; la luz que surgía bajo ella iluminaba sus pies fríos. Intentó escuchar lo que fuera que se ocultaba tras ella y pegó su oreja a la madera. Oyó un leve roce, como si algo tocara suavemente la madera. Sin saber por qué estuvo seguro de que la criatura que tanto temía estaba haciendo exactamente lo mismo que él, casi podía escuchar su pesada respiración al otro lado, casi podía sentir su presencia, casi podía notar cómo se apretaba -al igual que él- contra la madera intentando descubrirle, sentirle.


El miedo amenazaba con mantenerlo atenazado. Lo mejor sería dejar de pensar y actuar. Se apartó bruscamente de la madera.


Tomó una enorme bocanada de aire.


Acercó su trémula mano a la puerta.


Contó. Uno... dos... tres... y abrió de golpe.


Lo que vio lo dejó helado. Una criatura repugnante sujetaba una puerta igual que la suya y le miraba fijamente con algo que parecía una mueca de... ¿miedo? ¿asco? Era tan extraño que, a pesar de la repulsión y el miedo que le causaba, no podía dejar de mirar esa piel sonrosada y lampiña, esas extremidades raquíticas, esos ojillos acuosos que miraban fijamente el vello púrpura que lo cubría, las robustas extremidades, los enormes ojos abiertos de par en par, las curiosas protuberancias de su cabeza...


durante un instante, un ínfimo y curioso instante, ambas criaturas llegaron a plantearse que, quizás, el monstruo que lo observaba desde el armario no se consideraba como tal. Por un extraño y empático momento ambos se vieron como el engendro que el otro veía.


Pero esa sensación sólo duró el segundo fugaz que le lleva a un pensamiento cruzar la mente. Justamente el segundo inmediatamente anterior a estallar en aterrorizados gritos e histéricos aullidos.





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