De libros...


Perdida en un buen libro


Se sentó, como cada tarde, en su sillón favorito. Una cálida manta cubriendo sus piernas, una taza de café en la mesilla y, sobre todo, un nuevo y maravilloso libro en el que sumergirse.


Perderse en un libro, esa era manera ideal de pasar una tarde.


Se arrellanó en su cómodo sillón amarillo, encogió sus piernas, se tapó con la manta, abrió el libro casi con anticipada emoción y comenzó a leer con fruición.


Se hundió rápidamente en la trama y se perdió en la historia... diez años más tarde, aún no ha logrado encontrar la salida del libro.



Libro en blanco


Su vida, pensaba, era, aún, un libro en blanco. Su vida, le constaba, estaba aún por escribir.


Había historias por descubrir, aventuras por vivir, cientos de caminos por explorar. Sí, su vida, meditaba con satisfacción, es un gran libro con todas sus páginas por rellenar de una extraordinaria biografía. Ella miraba ese libro aún por escribir y suspiraba de satisfacción y anticipación.


Lastimosamente, en lugar de tomar la pluma de su vida y salir en busca de todo aquello que deseaba escribir en el enorme volumen de su vida, se sentó a la espera de que llegara un gran escritor que la guiara y que, incluso, lo escribiera por ella.


Tristemente, al llegar a su última página, cuando ya faltaba muy poco para el punto final, se dio cuenta de que su libro permanecía, casi por entero, en blanco.


La frase


Alguien le dijo en cierta ocasión que, para estar completo, un hombre debería plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.


Aquella frase se le había grabado profundamente en su mente.


A la edad de sesenta años, Fabián había tenido no un hijo, sino nueve. Y había plantado no un árbol, sino una enorme huerta repleta de árboles frutales.


A pesar de todo lo conseguido, el bueno de Fabián, no se sentía todo lo feliz que debiera. La frase oída hacia tantos años aún martilleaba en su cabeza: aún le quedaba escribir un libro.


Desgraciadamente formar una familia y cuidar sus tierras le había ocupado tantísimo tiempo que no había dispuesto del suficiente como para aprender a escribir.


Mientras comenzaba a formar, lentamente y ayudado por el mayor de sus hijos, las cinco vocales, pensó que quizás aún tuviera tiempo para cumplir su último propósito.




Entradas populares de este blog

Negra Navidad

Entre dos nadas