Huelga

Tras muchos meses de amargura y desconsuelo decidió montarle una huelga a la Tristeza. No una huelga a la japonesa, no era cuestión de llorar más horas de las que ya había llorado ni de dar más suspiros de los ya dados ni de sentir el corazón más oprimido de lo que ya lo había sentido. Ni tampoco una huelga de celo, por el mismo motivo. Ni pensar en una huelga de brazos caídos puesto que lo que quería era poner distancia -mucha- entre la Tristeza y ella. Menos aún una huelga de hambre que eso a Tristeza le encanta.


Sería una huelga salvaje, sin darle ningún tipo de notificación que la pusiera en guardia y le permitiera defenderse. De modo que, según lo pensó, lo hizo. Se plantó frente a la Tristeza y, poniéndole en las manos su última caja de pañuelos de papel, le informó de su decisión: ya no habría más lágrimas, ya no habría más nostalgia, ya no habría más apatía, ya no más desesperanza, ni reproches, ni pesimismo.


Me pongo en huelga, le dijo, desde ahora mismo cambiaré llanto por sonrisas, añoranza por esperanza, apatía por determinación, pesimismo por optimismo.


Me pongo en huelga, le dijo, y no abandonaré mi lucha hasta que desaparezcas de mi vida y la felicidad se mude definitivamente conmigo.


Luego, dejando a Tristeza con la boca abierta, se dio media vuelta y traspasó la puerta dispuesta a salir a disfrutar la belleza del otoño. Pero antes de cerrarla tras de sí, se giró y, sonriendo, añadió:


- Casi lo olvidaba. Avisa a Soledad. Que se vaya preparando. Luego va ella. Lo primero que pienso hacer es convocar una manifestación. Multitudinaria. Después... después ya veremos.


Agitó los dedos en señal de despedida, cerró la puerta con suavidad y se alejó canturreando.






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