La promesa

Antes de dejar mi relato de hoy paso a transmitir una petición. Desde hace un tiempo (no mucho) colaboro en una web de cuentos infantiles (EnCuentos); hace unos días Liana (escritora, colaboradora y persona que contactó conmigo para pedirme mi colaboración) me preguntó si tenía amigos que escribieran y quisieran, también, colaborar. Y, claro, como yo tengo muchísimos amigos blogueros que escriben, que disfrutan escribiendo y que, además, escriben muy bien pensé que lo mejor era comunicarlo a través de mi blog. O sea, al grano, que si a alguno de quienes habitualmente (o no tan habitualmente) me sufren, le apetece escribir (o ya escribe) cuentos infantiles, poemas para niños, adivinanzas o trabalenguas, pues que se pase por EnCuentos o envíe un e-mail a la siguiente dirección: info@encuentos.com o, si les resulta más cómodo, que me escriba mí (nannytataogg@gmail.com) y yo me encargaré de que Liana se ponga en contacto con quien sea...

Mira que me lío a veces para decir una tontería ¿eh? En fin... ahí va el post de hoy :D



El viejo marinero pide a sus hijos que sitúen su cama junto a la ventana que da al océano y que la dejen abierta de par en par, permitiendo que entre el olor, el sonido, el frío y el sabor del mar.


Hoy se cumplen cincuenta años de la promesa que hizo el día en que estuvo a punto de morir ahogado.


En aquel entonces -por supuesto- era joven, muy joven, hacía un año que se había casado, su primer hijo venía en camino, tenía toda una vida por vivir así que, desesperado, suplicó al mar que le perdonara la vida. Angustiado, rogó al océano que le dejara marchar. Sollozante, le prometió entregarse a su húmedo abrazo cuando sintiera que se había cumplido su tiempo sobre la tierra.

Sorprendentemente, el mar le permitió vivir. Quizás le conmovieron sus palabras. Tal vez lo convenció su juventud. Acaso, sencillamente, el longevo piélago decidiera, en aquel momento, hacer gala de un instante de piedad. Sea como fuere el -entonces- joven marinero pudo volver con su esposa, su familia y su futuro.


Cincuenta años más tarde, el -ahora- viejo marinero pide a sus hijos que dejen abierta la ventana junto a su cama, aquella que da justo al vecino mar. Luego, sacando energías de donde creían que no quedaba, firmeza de donde nadie se imaginaba y un empuje que nadie esperaba, el anciano logra que sus hijos lo dejen a solas en su lecho de muerte.


Uno a uno se despiden, entre lágrimas y protestas, pero obedeciendo al padre, como siempre han hecho, hasta mañana, le dicen, volveremos a primera hora. Adiós, hijos, les despide el padre.

La puerta se cierra tras el mayor de los hijos.


El viejo marinero respira hondo, aspira el olor a sal, a yodo, a profunda oscuridad y, cerrando los ojos, espera con tranquilidad la llegada del mar que viene, sin prisas pero con fuerza, a cobrar la deuda contraída hacía cincuenta años.


Sus hijos, al retornar, tan sólo encontrarán una cama empapada en agua salada y unas algas ocupando la almohada donde debería reposar la anciana cabeza de su padre.




12 - Boga boga.mp3 -




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