domingo, 6 de septiembre de 2009

Cordura

Bueno, pues ya estoy de vuelta tras unas pequeñas vacaciones familiares de esas de mar, playa y piscina que con una niña de 7 años no puede una largarse a patear ciudades y museos como le gustaría (vamos, que Italia y Europa Central tendrán que esperar a que mi enana no sea ya tan enana). Eso sí, han sido cortas pero agradables y hasta pena me ha dado no poder estar aunque sólo fuera un par de días más. En fin, que aquí estamos listos para comenzar el nuevo curso y lamentando lo poco que dura lo bueno y recordando lo cómodo que era eso de que me hicieran las camas y la comida :D

Antes de poner el relato quiero agradecer a Mario (Necio-Hutopo) por regalarme un maravilloso Soporte Felino para la Estantería Reforzada. Es este que pongo aquí abajo y que, dentro de nada, estará decorando el lateral de este blog:



Y ahora pasemos al relato. Enseguida intentaré ponerme al día con todos vuestros geniales blogs... y no, no estoy haciendo la pelota :D


El ser humano más cuerdo del mundo se llamaba Isacio Prudente y vivía en una pequeña ciudad de cuyo nombre nadie se acuerda jamás. Isacio era el hombre más sensato, juicioso, equilibrado y cabal que nadie haya conocido. Era inteligente, reflexivo, formal y discreto. En su mente no había sitio para nada que no fuera razonable y mesurado.


Isacio Prudente jamás cometió una locura. Nunca actuó de manera irreflexiva. No fantaseó en toda su vida. No hizo ni dijo nada que no estuviera lleno de lógica y sentido común. No tenía ninguna manía, desconocía las fobias, ignoraba qué era sentirse paranoico o deprimido. No padecía ni la más pequeña neurosis. Nunca había sufrido ni el más leve episodio de melancolía.


De pequeño, Isacio no tuvo amigos imaginarios (ni de los otros), era incapaz de suspender su credulidad el tiempo suficiente para disfrutar con absurdas historias sobre animales parlantes, hadas, brujas, magos o cualquier otro ser mágico.


En la cabeza de Isacio todo era medida, razón, lógica, sensatez, cordura. Su mente era un ejemplo de buen juicio y no tenía espacio en ella ni para medio gramo de locura. Era tan circunspecto que no lograba entender el mundo. Era tan moderado que no entendía la desmesura de los demás. Era tan centrado que no concebía que sus congéneres llegaran a tener tantos desequilibrios.


Pobre Isacio. Era tan cuerdo, tan sensato, tan equilibrado que, al final, sólo acabó entendiéndose con los dementes, los orates, los perturbados, los auténticos lunáticos. Era tanto su equilibro que, finalmente, sólo podían comprenderle los desequilibrados. Por eso un día tomó su maleta y su cordura y, sin decir nada a nadie, marchó en busca de aquellos seres torturados que, siguiendo un camino más tortuoso, habían llegado justo al mismo lugar que él.


El humano más cuerdo del mundo se llama Isacio Prudente y vive, felizmente rodeado de locos, en una pequeña ciudad cuyo nombre pocos conocen.