En la escena del crimen

El caos llega de improviso a la -hasta aquel momento- silenciosa y solitaria calleja. La policía es la primera en aparecer, con sus sirenas y sus luces y sus gritos y sus helicópteros, iluminando la noche con sus focos, a la búsqueda de algún posible culpable que aún ronde los alrededores. Casi a la par que ellos -alguno incluso antes- arriban los curiosos, los morbosos, los aburridos, los solitarios, los “yo-sólo-pasaba-por-aquí”, todos dispuestos a arrancar algo de emoción a la noche. Finalmente, la tribu de los periodistas, con sus móviles, sus cámaras fotográficas, sus grabadoras, sus cámaras de vídeo -incluso algún viejo dinosaurio con bolígrafo y un cuaderno-, con sus preguntas, con su molesta curiosidad; listos para buscar la verdad o, al menos, una medio verdad con la que llenar noticiarios y periódicos.


Todo se llena de ruido, gritos, murmullos, carreras, miradas de espanto, discusiones, sonido de radios, variados tonos de móviles, cámaras en funcionamiento, charlas de reporteros, frenazos... En un segundo la olvidada calleja, antes oculta y desconocida, se convierte en el centro del caos.


Y, en medio de tal anárquico concierto, en el centro mismo de aquella extrañamente organizada cacofonía, sólo un oasis de quietud y silencio. Sólo un punto de paz y obligada serenidad: el lugar que ocupa la víctima cubierta con una sabana que la oculta a la curiosidad y el morbo. A su lado brilla un pequeño charco de sangre. Un pálida mano ha quedado al descubierto y parece descansar plácidamente sobre la sucia acera.


La primera mosca acaba de llegar. Se posa en el dedo índice y da comienzo a la exploración de su nuevo territorio. Parada en la yema del dedo índice, frota sus patitas delanteras pero, inopinadamente, el frío apéndice se mueve y el insecto tiene que abandonar su entretenido acicalamiento. Y tras el dedo, el resto de la mano adquiere movimiento. El cuerpo cubierto comienza a agitarse. La mano toma la sábana y la aparta.


Alguien grita.


El cadáver se sienta.


Resuena un grito colectivo. Periodistas, curiosos y policías dan un inconsciente paso hacia atrás.


El cadáver se levanta. Dos agujeros adornan su pecho. Entre sus dos cejas luce un tercero. Nadie puede sobrevivir con semejantes heridas así que, no cabe duda, ese muerto está bien muerto.


El occiso se lleva la mano a las sienes, como quien tiene un fuerte dolor de cabeza -lógico-, y se enfrenta a la multitud. Los mira con furia. La muchedumbre -policías incluidos- dan un nuevo paso hacia atrás. La mosca revolotea, ahora acompañada por un par de amigas, alrededor de la cabeza del difunto.


La víctima pone los brazos en jarras, los mira de hito en hito y grita:


-¡Hagan el favor de callarse de una p... vez, c...! ¿Es que aquí no hay nadie que respete el sagrado sueño de los muertos? ¡Muérase usted para esto, manda h...!


El gentío guarda silencio. A alguien se le escapa una risita nerviosa. Otro alguien le chista. Un tercer alguien da un codazo al segundo alguien. Todos mueven los pies, nerviosos.


-Así está mejor -dice el difunto-. Espero que no vuelva a repetirse. Hale, hale, cada mochuelo a su olivo. Que pasen ustedes muy buenas noches.


Y, dicho esto, el fiambre vuelve a tumbarse. Se cubre con la sábana. Y se queda totalmente inmóvil. Las moscas -que han aumentado su número a cuatro- se posan sobre el cuerpo y se dedican a buscar una entrada de acceso hacia su nuevo nido.


Policías, curiosos y periodistas vuelven lentamente a su actividad pero -eso sí- ahora en un asustado y respetuoso silencio.








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