domingo, 8 de marzo de 2009

Licantropia


De haber nacido Zacarías Kull en la Edad Media tal vez -sólo tal vez- hubiera encontrado a su novia altamente sospechosa pero, lamentablemente para él, fue a nacer en la época actual, mucho más racional que aquella.


Asimismo, si Zacarías hubiera sido un hombre dado a supersticiones, leyendas, parapsicologías y mitos de todo tipo, quizás -sólo quizás- habría visto alguna cosa anormal en la antedicha, pero a Zacarías esos temas no le resultaban atrayentes. De modo que no encontraba nada -demasiado- extraño en el pertinaz hirsutismo de su amada. Y, por supuesto, tampoco encontraba nada insólito en el hecho de que cada veintiocho días, coincidiendo con la luna llena, su chica se volviera extremadamente arisca y se negara a verlo pues ambas cosas eran achacadas por Zacarías a lo que él denominaba eufemísticamente “sus días especiales”.


Llegado el día de conocer a su futura familia política, Zacarías consideró de lo más normal que sus futuros suegros y cuñados vivieran en una cueva (cosa que nos hace sospechar que, probablemente -sólo probablemente-, Zacarías era algo... obtuso). Se sintió, eso sí, algo incómodo al ser recibido con olfateos varios pero, sin perder la sonrisa -ni la lentitud de comprensión- el bueno de Zacarías achacó tal conducta a que sus nuevos parientes eran extranjeros y ya se sabe lo singulares que llegan a ser algunas de esas costumbres foráneas.


Fue en esta misma reunión donde se le comunicó a Zacarías Kull que, si quería formar parte de la familia (en realidad, la palabra usada fue “manada” pero ni por esas se dio Zacarías por enterado), debería pasar por un pequeño “trámite”, sin importancia, pero ineludible para la buena convivencia familiar. El obtuso, confiado, cándido e incauto Sr. Kull, aceptó sin preguntar, ni dudar, ni plantearse nada. Aceptó, contento y entusiasmado ante la idea de participar en alguna especie de “exótico ritual de aceptación tribal” (así lo llamó él).


Un par de semanas después, Zacarías viajó hacia la cueva en la que aún vivían los abuelos de su prometida, quienes serían los encargados de llevar a cabo la... hummm... pequeña formalidad que lo convertiría en miembro de pleno derecho del... humm... clan.


Era una noche de luna llena y tanto su novia como el resto de su parentela se encontraban especialmente alterados y agresivos... pero Zacarías seguía sin ver nada extraño pues todo lo achacó a que debía ser una ceremonia muy importante en su cultura.


Dejaron a Zacarías a solas con el patriarca, cuyo aspecto era realmente fuerte y juvenil para la edad que -se suponía- debía tener... pero Zacarías seguía sin ver nada extraño porque dio por supuesto que era un hombre que se cuidaba mucho.


El viejo patriarca abrió las ventanas dejando que la blanca luz lunar cayese sobre su figura e, inmediatamente, comenzó la transformación... pero Zacarías seguía sin ver nada extraño pues pensó que todo formaba parte del rito.


El hombre lobo se giró hacia él con las fauces abiertas, rugiendo y aullando... pero Zacarías seguía sin ver nada extraño en ello.


En realidad Zacarías no vio nada extraño, ni se preocupó, ni sintió miedo hasta que tuvo los dientes de la bestia clavados en su cuello. Sólo entonces, por fin, sus sinapsis neuronales hicieron las conexiones necesarias y, todas a una, comenzaron a gritar histéricas anunciándole que se había metido en la boca del lobo... literalmente.


Pese a lo que pueda parecer la cosa no fue tan terrible. Sí, sí, hubo bastante -mucho- dolor. Y también hubo mucha -abundante- sangre. Y hubo gruñidos y rugidos y toda la parafernalia pero... bueno, una vez pasado el “trámite” Zacarías tuvo que reconocer que no había sido tan terrible.


El obtuso y confiado Zacarías Kull ya era un hombre lobo.


Poco después, se casó con su novia y fueron a vivir con su manada. No sabía si algún día llegaría a ser un macho alfa y formar su propio clan pero, bueno, de momento no le importaba. De momento le bastaba con disfrutar de su nueva condición.


Sólo había un problema.


Un problema que le amargaba la parte más divertida de ser un hombre lobo.

Zacarías Kull, al transformarse en licántropo descubrió algo terrible de sí mismo.


Zacarías Kull descubrió que, aparte de obtuso, confiado e incauto era alérgico al pelo de los animales.


Aún anda buscando el remedio definitivo.