domingo, 27 de diciembre de 2009

De libros...


Perdida en un buen libro


Se sentó, como cada tarde, en su sillón favorito. Una cálida manta cubriendo sus piernas, una taza de café en la mesilla y, sobre todo, un nuevo y maravilloso libro en el que sumergirse.


Perderse en un libro, esa era manera ideal de pasar una tarde.


Se arrellanó en su cómodo sillón amarillo, encogió sus piernas, se tapó con la manta, abrió el libro casi con anticipada emoción y comenzó a leer con fruición.


Se hundió rápidamente en la trama y se perdió en la historia... diez años más tarde, aún no ha logrado encontrar la salida del libro.



Libro en blanco


Su vida, pensaba, era, aún, un libro en blanco. Su vida, le constaba, estaba aún por escribir.


Había historias por descubrir, aventuras por vivir, cientos de caminos por explorar. Sí, su vida, meditaba con satisfacción, es un gran libro con todas sus páginas por rellenar de una extraordinaria biografía. Ella miraba ese libro aún por escribir y suspiraba de satisfacción y anticipación.


Lastimosamente, en lugar de tomar la pluma de su vida y salir en busca de todo aquello que deseaba escribir en el enorme volumen de su vida, se sentó a la espera de que llegara un gran escritor que la guiara y que, incluso, lo escribiera por ella.


Tristemente, al llegar a su última página, cuando ya faltaba muy poco para el punto final, se dio cuenta de que su libro permanecía, casi por entero, en blanco.


La frase


Alguien le dijo en cierta ocasión que, para estar completo, un hombre debería plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.


Aquella frase se le había grabado profundamente en su mente.


A la edad de sesenta años, Fabián había tenido no un hijo, sino nueve. Y había plantado no un árbol, sino una enorme huerta repleta de árboles frutales.


A pesar de todo lo conseguido, el bueno de Fabián, no se sentía todo lo feliz que debiera. La frase oída hacia tantos años aún martilleaba en su cabeza: aún le quedaba escribir un libro.


Desgraciadamente formar una familia y cuidar sus tierras le había ocupado tantísimo tiempo que no había dispuesto del suficiente como para aprender a escribir.


Mientras comenzaba a formar, lentamente y ayudado por el mayor de sus hijos, las cinco vocales, pensó que quizás aún tuviera tiempo para cumplir su último propósito.




martes, 22 de diciembre de 2009

El hada Muérdago (Navideño-Infantil)

El hada Muérdago es pequeña, muy pequeña. Viste de verde y rojo y, cuando se siente especialmente entusiasmada o nerviosa, agita sin parar sus hermosas y centelleantes alas de color dorado.


El hada Muérdago es graciosa, muy graciosa y también divertida, alegre y bulliciosa pero, sobre todo, es una de las hadas más responsables y sensatas de todo el bosque mágico lo cual motivó -hace ya muchos, muchos años- que el Consejo Supremo de las Hadas decidiera nombrarla Guardiana de la Magia de la Navidad. Una gran elección, sin duda. Ni un sólo año, desde que ella se hizo cargo del asunto, ha faltado la Navidad en nuestro mundo.


Bueno, hubo cierta vez en que casi, casi nos quedamos sin ella. Pero sólo casi.


Cada año, la pequeña Muérdago, días antes de emprender el vuelo para esparcir la magia por todo el mundo, inspeccionaba el cofre donde la guardaba -bajo siete llaves y siete candados- para asegurarse de que todo estuviera en perfectas condiciones, le quitaba un poco el polvo, le daba brillo y la dejaba lista para el gran día. Pero ese triste año, Muérdago se llevó una gran -y desagradable- sorpresa: la preciosa cajita había desaparecido. Puf. No estaba en su sitio. Puf. Se había esfumado. Puf. Se había evaporado.


Muérdago primero se sorprendió. Después se enfadó. Luego se asustó. Por último se inquietó, agitó sus alas con nerviosismo y se mordió las uñas mientras pensaba en dónde podía estar el arca.


Recorrió su casa-abeto de arriba abajo, de abajo arriba, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Nada.


Miró bajo la cama, las sillas, las mesas, la cocina, las alfombras y hasta bajo los jarrones. Nada.



Miró en las macetas, las ollas, los armarios, entre las sábanas e, incluso, en la bañera. Nada.


Buscó en las copas más altas de los árboles más altos. Nada.


Buscó entre las hojas al pie de cada árbol. Nada.


Husmeó en guaridas, madrigueras y cubiles. Nada.


Recorrió el bosque mágico de norte a sur y de este a oeste. Escudriñó cada rincón y bajo cada planta y animal. Nada.


La pobre Muérdago se sentía cada vez más triste y desesperada. Si no encontraba pronto la caja no habría magia, no habría luces de colores, no habría canciones, no habría brillantes adornos, no habría árboles decorados, no habría reuniones familiares, ni regalos, ni niños sonrientes...



El hada lloraba con enorme desconsuelo. Era la primera vez que fallaba en su importante misión. ¿Cómo iba a explicarlo ante el Consejo Supremo? ¿Y qué iba a ser de los niños? ¿Cómo iba a mirar a la cara a los habitantes del bosque? ¿Qué sería de los niños? ¿Quién se habría llevado la cajita? ¿Y qué iba a ser de los niños? (Como se puede comprobar a Muérdago le preocupaban mucho los niños...).


No había tiempo de ponerse a investigar. La Navidad estaba a la vuelta de la esquina, tenía que encontrar una solución pronto. Y, mientras le daba vueltas al asunto y pensaba en las caras llenas de ilusión de los niños, a Muérdago se le ocurrió una idea. En un instante tuvo claro lo que debía hacer.


¿Cómo no se le había ocurrido antes? La respuesta estaba en los niños. Por supuesto.


Daba igual que no encontrara la cajita. La magia que guardaba en ella no era la importante, la verdadera magia, la que contaba, era la que guardaban los niños durante todo el año en sus corazones.


Ellos eran los auténticos cofres mágicos.


Muérdago saltó, bailó y cantó llena de alegría. Agitó sus doradas alas y, alzando el vuelo, puso rumbo a nuestro mundo, para recoger la magia infantil y luego repartirla por todos los corazones adultos del mundo.


De sus sonrisas tomó la luz, de sus voces la música, de sus ojos el brillo mágico, de sus abrazos el calor, de sus sueños la ilusión, de su corazón el amor. Fue de aquí para allá, recolectando un poco de cada niño y, cuando hubo reunido una considerable cantidad de magia volvió a sobrevolar el mundo dejándola caer sobre pueblos y ciudades, sobre cada casa y cada edificio. Y, a su paso, todo cobraba color y calor.


A partir de entonces, Muérdago, dejó de guardar la magia navideña en una cajita escondida en su casa-abeto en lo profundo del bosque mágico. No lo necesitaba. Tenía una fuente inagotable de magia en los cálidos corazones de los niños.


Ah, nadie supo jamás quién o qué hizo desaparecer la caja mágica aunque cuentan de cierto viejo y gruñón dragón al que, aquel año, se le vio sonreír más de lo habitual y llevar unos curiosos y brillantes adornos en sus alas pero, bueno, eso es otra historia bien diferente.

Igual la cuento otro día...


Y, con este cuento, un poco cursi, como suele ser cualquier cuento navideño que se precie, deseo a todos los que por aquí pasan, leen, comentan, a los que no comentan, a los que me siguen (muchos de los cuales no conozco "personalmente y a quienes debo una visita... bueno, visita debo a todos, pero se me entiende ;). a los que entran por vez primera (vuelvan o no vuelvan), a los que llegan buscando otra cosa. A los que llevan años soportándome y a los recién llegados, a los que disfrutan de la Navidad y a los que la odian (y paro que esto comienza a parecerse el anuncio de Coca Cola)... ¿Qué estaba yo diciendo? Ah, si... Que ¡FELIZ NAVIDAD! y todas esas cosas que se dicen :D





jueves, 17 de diciembre de 2009

Los tiempos cambian

Querido hijo:

¡Qué alegría recibir carta tuya! Ya pensaba que te habías olvidado de tu vieja madre.

Me dices que nunca te cuento cosas del país y que quieres saber cómo van las cosas por aquí. Bien... pues... la verdad... las cosas por aquí han cambiado mucho, muchísimo, no puedes ni imaginar hasta qué punto ha cambiado este país de los cuentos. Si te animaras a venir de visita dudo de que pudieras reconocer nada ni a nadie.


Y es que, ya ves, las cosas cambian incluso en este lugar al que el tiempo no parecía afectar.


Ayer por la mañana, por ejemplo, me encontré con Caperucita Roja; regresaba de un botellón y me contó que ahora trabaja de cajera en la tienda de marionetas que ha abierto el pobre Gepetto. Le pregunté por su abuela y me contó que hacía unos días se había ido de vacaciones a alguna playa paradísiaca junto a su última conquista, un vejete forrado de billetes. En cuanto al Lobo Feroz dice que lo último que sabía de él es que lo habían pillado intentando sacar drogas de no sé qué país y que tenía para muchos años en la cárcel.



En los programas de cotilleos no dejan de hablar de la Malvada Madrastra de Blancanieves y de su múltiples operaciones de estéticas. Dicen que ya parece más joven que su hijastra pero a mí cada vez se me parece más a una muñeca de cera derretida.


También se habla mucho estos días de Cenicienta y su obsesión por los zapatos; dicen que ésta ha llegado a tal punto que ha ocupado ya cuatro de las mayores habitaciones de palacio para guardarlos y que está pensando en ocupar otra más. El príncipe, su esposo, está tan preocupado que ha decidido ponerla en manos de un psiquiatra.


Otro ejemplo de lo mucho que han cambiado las cosas es lo que, hace un par de días, me contaba Mamá Cabra. Y es que, al parecer, sus siete hijos y los tres cerditos han montado un grupo de defensa de los animales de granja. Dicho así, suena muy inocente y muy noble, pero, al parecer, por lo que me ha dicho, su forma de actuar es cada vez más cercana al terrorismo y más lejana de una ONG. Ya puedes imaginar lo asustada que está la pobrecita.



¿Recuerdas a Pulgarcito y a sus hermanos? Pues llevan años de terapeuta en terapeuta intentando superar el trauma que supuso que sus padres los abandonaran de aquella manera tan terrible. También Hansel y Gretel llevan años de tratamiento. Lo único bueno que ha salido de esto es que, en uno de esos grupos de terapia Gretel y Pulgarcito se conocieron y se enamoraron. Si no fuera por ese problemilla psicológico serían muy felices.... y comerían perdices... ja, ja... mal chiste, lo sé.


Y aún hay más. Por ejemplo, la Bella Durmiente sufre de insomnio y se niega a tomar pastillas para dormir porque le aterroriza no volver a despertar; el Flautista de Hamelín formó un grupo de rock, que tiene bastante éxito a pesar de sus problemas de drogas y alcohol; las hadas tienen una agencia de modelos y les va muy bien a pesar de ser unas cabezas huecas.


En cuanto a mí, ya lo sabes, dedico el tiempo a cuidar de mi huerto de hierbas medicinales y de mis animales o a escribir hechizos para que no sean olvidados del todo. De vez en cuando quedo con las chicas para echar una partida de cartas o para recordar tiempos pasados mientras paseamos en nuestras viejas escobas recorriendo este país que, como te habrá quedado claro, ya no es lo que era.

Vaya, qué tarde es. Tengo que dejarte porque he quedado con tu tía para ir a comprar unas cosas para nuestra próxima reunión.


Cuídate mucho hijo, ven de visita alguna vez y podrás ver por ti mismo cuánto se ha transformado esto.


Ah, saludos y achuchones de tu tía.


Muchos besos, te quiero:


Mamá



Para terminar quiero dar las gracias a WinnieO por concederme el Premio a la Fantasía en el blog que es este que pongo ahí abajo. Gracias, Winnie, haré espacio en mi “repisa reforzada” y lo pondré en ella.


El premio:



También dar las gracias a Steve por compartir una participación de un décimo de la lotería. Ahora yo también debo compartirlo y a ello voy. Me encantaría poder repartirlo con todos los que vienen por aquí pero me temo que sólo puedo hacerlo con cinco blogueros más y estos son:

Tesa, Necio-Hutopo, Ambrosía, Maria Pahn y Nani.


Ruego a los participantes que se pasen por el blog del que surgió la idea (Alas de Plomo) donde podrán encontrar las reglas para poder participar. El número es este de aquí abajo:




Y ahora sí que he acabado :D



jueves, 10 de diciembre de 2009

Pasillos

Inspirado por este post de Martha.


Le habían advertido que era muy fácil perderse en el laberinto de pasillos de aquel edificio, por eso había tenido el buen cuidado de fijarse en el camino que había seguido hasta llegar al despacho del que acababa de salir. Con lo que no había contado es con que aquella oficina tuviera dos puertas y la hicieran abandonarla por una diferente a aquella por la que había entrado.


No se preocupó demasiado, después de todo, pensó, por laberíntico que pudiera llegar a ser el edificio, no podía tardar mucho en orientarse o en encontrar a alguien que la orientara. Lo más sencillo hubiera sido volver a entrar y preguntar el camino al ocupante del despacho pero, recordando la cara de malas pulgas que tenía el interfecto, la joven prefirió echar a andar animosamente por aquellos largos, ominosos y silenciosos pasillos.


Veinte minutos más tarde seguía perdida y comenzaba a sentirse preocupada. No lograba reconocer nada. No conseguía averiguar qué rumbo debía seguir. Los despachos junto a cuyas puertas pasaba estaban vacíos. No se había cruzado con nadie en todo ese tiempo. Empezaba a sentir unos casi irreprimibles deseos de gritar.



Cincuenta minutos más tarde, la preocupación iba dando paso al miedo (o, para ser más exactos, el miedo apartaba a la preocupación de su camino a base de fuertes empellones y codazos).Había encontrado un ascensor y, suspirando aliviada, decidió entrar en él y bajar a la planta desde la que, suponía, había subido. Cuando la puerta se abrió en lo que ella creía la planta baja, en lugar del ajetreo de sus compañeros, de la luz solar y del rumor de voces humanas, se encontró con la humedad, el silencio y el olor a moho de un oscuro sótano. Ni siquiera se atrevió a salir del ascensor. Había lugares en que las sombras parecían moverse y arrastrarse y sintió pavor. Apretó con urgencia los botones, la puerta se cerró y volvió a subir a la planta superior para volver a encontrarse con los mismos pasillos y puertas.


Tras hora y media de estar recorriendo pasillos, abriendo puertas y buscando gente, el miedo había salido corriendo a toda velocidad y había dejado en su lugar al pánico. Daba igual que subiera o bajara escaleras, daba igual que fuera a izquierda o a derecha, todo parecía idéntico. Parecía que lo único que hacía era dar vueltas y más vueltas en el mismo lugar. Una vez, al entrar en el pasillo donde se encontraba el ascensor, vio a una mujer entrando en él. La joven intentó atraer su atención a gritos pero la otra no pareció darse por enterada.



Tres horas más tarde todo seguía más o menos igual... a excepción de sus nervios, su ropa, su peinado y su cordura. Ahora ya sabía que no había salida. Nunca la había habido.


Lo había descubierto diez minutos antes.


Había entrado en el baño en busca de agua. Alguien lloraba tras una de las puertas. Por fin había encontrado a alguien. Tal vez supiera cómo salir de allí. Se acercó con cautela. Tocó suavemente en la puerta. Los llantos cesaron pero nadie abrió.


Tomó aire y, lentamente, empujó la puerta. Le pareció escuchar un débil no, no, no lo hagas pero siguió abriendo, tenía que hablar con alguien, tenía que preguntarle a alguien cómo salir de allí, no podía dejar pasar la oportunidad de escapar.


Cuando la abrió del todo se encontró con una mujer que ocultaba el rostro tras sus manos crispadas. Sus ropas le parecieron conocidas. Su pelo, también. Incluso su perfume le recordaron a algo. Le cogió las manos y, despacio, logró separarlas y ver su cara arrasada por las lágrimas.


Entonces supo que nunca, jamás, saldría de allí. Entonces supo que el horror tan sólo acababa de comenzar. Porque el rostro que la miraba llena de tristeza, miedo y angustia era su propio rostro.


Salió corriendo y gritando de allí.


Escapó de aquella visión de sí misma.


Luego se hundió en el frío y protector abrazo de la locura.





sábado, 5 de diciembre de 2009

Monstruos en el armario


Aquella puerta le fascinaba y le aterrorizaba a partes iguales.


Le aterrorizaba porque sabía que tras ella se ocultaba algo extraño, un misterio, quizás un monstruo... o varios. Y era esa misma e inquietante razón la que hacía que aquella puerta –y lo que ocultaba- resultara fascinante.


Su padre le había dicho cientos, miles de veces, que ahí no había nada. Que tras esa puerta únicamente estaba su ropa. Que no existían los monstruos ni las entradas a mundos ocultos. Y, mientras le decía estas cosas, abría el armario y metía en él parte de su enorme corpachón -era imposible que tanto volumen pudiera entrar por entero en aquel reducido espacio-, revolviendo todo su contenido (lo cual ponía a su mamá de muy malas pulgas); luego, tomándolo de la mano, lo levantaba de la cama y lo hacía entrar para que comprobara por sí mismo que ahí dentro el único ser vivo que habitaba era una polilla hambrienta que era inmediatamente eliminada.


Tras esta demostración paterna y durante un par de días, el asunto parecía olvidado y casi se convencía de que estaba equivocado... Hasta que volvía a escuchar susurros, roces y arañazos al otro lado de la puerta. Entonces se encogía en la cama y miraba fijamente esperando ver la tenue luz que se filtraba por el resquicio de la puerta. Estaba seguro de que, algún día, lo que estuviera al otro lado querría pasar; no sabía qué era, jamás lo había visto pero no tenía la menor duda de que, tarde o temprano, querría entrar en su dormitorio y le temblaba la imaginación al pensar en lo que podría ocurrir cuando eso ocurriera.


Hasta que un día se hartó de tener miedo, se cansó de temblar de pavor bajo las mantas y de vigilar aterrorizado la puerta del armario. De modo que pensó que lo mejor era pasar a la acción, abrir esa puerta y, en lugar de esperar a que esa cosa viniera en su busca, ir él a su encuentro. Nadie más conocía -o creía en- su existencia y, por tanto, nadie podía ayudarle a descubrir qué era aquello que tanto terror le provocaba.


Aquella noche, cuando pensó que sus padres estaban ya dormidos, el valiente jovencito se sentó en su cama a la espera de que comenzaran a escucharse los murmullos y los golpeteos. La espera -cosas del miedo- se prolongó por toda una eternidad y se esfumó en un instante. Durante ese tiempo sus ojos no se apartaron del armario, deseando y temiendo que llegara el momento en que la anaranjada luz reptara bajo la puerta.


Cuando oyó los primeros ruidos del otro lado, su corazón pareció detenerse durante un segundo para luego lanzarse a galopar desbocado como si quisiera escapar de su pecho para no acompañarlo en su loca aventura.


De un empellón, su fuerza de voluntad lo obligó a ponerse en pie y a aproximarse, lentamente y con mucha cautela, al ropero. A medida que se acercaba los roces y susurros aumentaban de intensidad. Su respiración se volvió jadeante de puro miedo. Sus manos temblaban sin control pero, a pesar de todo, siguió adelante.


Llegó a la puerta; la luz que surgía bajo ella iluminaba sus pies fríos. Intentó escuchar lo que fuera que se ocultaba tras ella y pegó su oreja a la madera. Oyó un leve roce, como si algo tocara suavemente la madera. Sin saber por qué estuvo seguro de que la criatura que tanto temía estaba haciendo exactamente lo mismo que él, casi podía escuchar su pesada respiración al otro lado, casi podía sentir su presencia, casi podía notar cómo se apretaba -al igual que él- contra la madera intentando descubrirle, sentirle.


El miedo amenazaba con mantenerlo atenazado. Lo mejor sería dejar de pensar y actuar. Se apartó bruscamente de la madera.


Tomó una enorme bocanada de aire.


Acercó su trémula mano a la puerta.


Contó. Uno... dos... tres... y abrió de golpe.


Lo que vio lo dejó helado. Una criatura repugnante sujetaba una puerta igual que la suya y le miraba fijamente con algo que parecía una mueca de... ¿miedo? ¿asco? Era tan extraño que, a pesar de la repulsión y el miedo que le causaba, no podía dejar de mirar esa piel sonrosada y lampiña, esas extremidades raquíticas, esos ojillos acuosos que miraban fijamente el vello púrpura que lo cubría, las robustas extremidades, los enormes ojos abiertos de par en par, las curiosas protuberancias de su cabeza...


durante un instante, un ínfimo y curioso instante, ambas criaturas llegaron a plantearse que, quizás, el monstruo que lo observaba desde el armario no se consideraba como tal. Por un extraño y empático momento ambos se vieron como el engendro que el otro veía.


Pero esa sensación sólo duró el segundo fugaz que le lleva a un pensamiento cruzar la mente. Justamente el segundo inmediatamente anterior a estallar en aterrorizados gritos e histéricos aullidos.





domingo, 29 de noviembre de 2009

Sonrisa

Doña Engracia siempre sonreía. Doña Engracia -menuda, canosa, sonrosada- era toda una institución en el pueblo y tenía muchísima más influencia entre sus habitantes que todos los miembros de las fuerzas vivas de la zona. A su paso, los hombres se descubrían y las mujeres saludaban respetuosamente. Doña Engracia, inclinaba levemente la cabeza y sonreía.


La sonriente anciana se había ganado la consideración de todos no sólo por su longeva edad o por su sapiencia vital y su sentido común sino porque, además, era la persona que más sabía acerca de las brujas y de las diferentes formas de protegerse contra ellas. Y eso, en una comarca por la que corrían cientos de historias sobre hechizos, males de ojo, maldiciones, hechizos y demás -al parecer, y de manera inexplicable, esas tierras producían más brujas que productos agrícolas y ganaderos; vamos, que si las brujas se pudieran exportar esta habría sido, sin duda, la región más rica del país- añadía un plus de sabiduría y poder imposibles de superar.


Si en una granja moría algún animal de forma aparentemente inexplicable, o si la cosecha sufría algún contratiempo supuestamente incomprensible, o si algún miembro de la familia caía enfermo de manera, al parecer, misteriosa y repentina, la culpa, obviamente, la tenían las brujas y la solución, obviamente, la tenía la señora Engracia que acudía rauda, y sonriente, en ayuda de quien fuera.


¡Qué no sabría doña Engracia de ahuyentar brujas y reparar maldiciones diversas! Olía tanto a ajo que era fácil localizarla por el aroma de este bulbo -que, dicen, aleja a las brujas... y, añado, también a cualquier ser humano con olfato- antes de verla llegar con sus ropas -siempre del revés que eso también espanta brujas- y portando en sus bolsillos algún clavo oxidado y una herradura, siempre murmurando rezados y conjuros protectores.


Entrar en su casa era como entrar en un atiborrado puesto de productos esotéricos. Ristras de ajos colgaban de paredes y salientes, la sal blanqueaba las esquinas, junto a la puerta relucían unas tijeras abiertas, bajo el alfeizar de cada ventana se ocultaba un cuchillo, dos agujas formando una cruz habían sido clavadas en el umbral de la puerta. Imágenes de santos e ídolos paganos llenaban mesas, aparadores, armarios y estanterías. En fin, que aquella casa era un abigarrado batiburrillo de cualquier elemento que sirviera para rechazar a las brujas y al mal que ellas traen consigo: amuletos, talismanes y fetiches de diversas culturas y lugares del mundo se mezclaban desordenadamente por todos los rincones del hogar de doña Engracia... y de su sonriente persona.


No era extraño, pues, que fuera ella la máxima autoridad en el asunto, que a ella acudiera todo el pueblo en busca de ayuda o consejo, y que fuera la única persona con libre y completo acceso a cualquier casa de la población. Ella, doña Engracia, era el único ser humano capaz de enfrentarse a aquello que aterraba a sus vecinos, y salir en noches de aquelarre para vigilar los caminos de entrada al pueblo.



Y todo lo hacía con esa gran sonrisa en los labios. Esa enorme, perenne y misteriosa sonrisa...


¿Y por qué sonreía tanto doña Engracia?


Bueno, quizás sonreía porque se sentía muy querida por sus vecinos.


Pudiera ser.


Quizás sonreía por saberse respetada.


Es posible.


Quizás su sonrisa era de pura amabilidad y de pura generosidad.


Es bastante creíble.


Quizás era su forma de transmitir confianza a sus convecinos.


Pudiera ser una teoría admisible.


Cualquiera de esas podría ser una buena explicación... si no conocías la realidad.


Y la realidad era que aquella sonrisa era la sonrisa del estafador ante su víctima, la sonrisa del lobo que se ha colado en un rebaño de ovejas.


O, dicho con mayor claridad, la sonrisa de la señora Engracia era la sonrisa de la bruja que ha conseguido engañar a toda una comarca durante toda una vida. Una bruja que se ha librado de toda competencia y que campea a sus anchas por casas y predios, haciendo y deshaciendo a su antojo; siendo, de facto, la máxima autoridad en kilómetros a la redonda.



Era, en fin, la enorme, perenne, misteriosa sonrisa de la bruja más feliz que jamás haya existido.