martes, 30 de diciembre de 2008

Nochevieja

No señor, no, esto no es ningún cotillón de esos, quite, quite, a nosotros eso no nos va. Es más, a mis amigos y a mí, esta noche no nos gusta nada de nada. Pero pase, hombre, pase, no se quede ahí que va a coger frío. Ya le digo que no es ninguna fiesta de esas para celebrar el nuevo año pero una copita de algo sí que le podemos dar.

Venga, va, no se asuste que aquí no nos comemos a nadie... al menos no esta noche. Esta noche preferimos reunirnos aquí, en este sótano y dejar la noche para otros, para ustedes los humanos.

Oh, vamos, no finja que no se había dado cuenta de que somos un tanto, digamos, ¿diferentes? Sí, bueno, dejémoslo en diferentes, suena mejor que otras cosas que nos suelen llamar. Pues eso, no hace falta que disimule, nosotros no lo hacemos. Somos lo que somos: monstruos si quiere, seres míticos y fantásticos nos llaman algunos; para muchos no somos más que simples cuentos para niños. O, si lo prefiere, llámenos como nosotros nos llamamos: “Diejnigen, die verstecken”*. Porque así hemos de vivir, siempre ocultos, siempre en la oscuridad. La noche es nuestro mundo... menos esta, claro. Esta no nos queda más remedio que retirarnos.


Pero no tiemble hombre, que no le va a pasar nada. ¿Qué? ¿Le asusta Ulven? Bah, si es un cacho de pan. Gruñe mucho y enseña mucho diente pero es manso como un perrito... hasta que el hambre aprieta, claro. Entonces sí que se pone un poquito bestia. Uf, la de dinero que se gasta en ropa el pobre. Eso sí, desde que le regalé esa bolsa de deporte que lleva en bandolera, no ha vuelto a verse en el aprieto de atravesar la ciudad desnudo. Se la regalé yo en su último cumpleaños¿sabe? Para que siempre tenga una muda a mano. En fin, no se preocupe, esta noche no le hará nada. Tranquilo.

Tampoco se preocupe por nuestro querido Blut Saugen. Es todo un aristócrata... dice. Aquí, entre nosotros, en realidad es tan plebeyo como usted o como yo. En realidad, antes de ser mordido, era porquerizo pero, ya ve, transforme usted a un hombre en vampiro y, por arte de birlibirloque, se encontrará ante un noble. No falla. Conozco yo a un republicano de toda la vida, de esos dispuestos a decapitar reyes a diestro y siniestro que, en cuanto recibió el primer mordisco, se transformó en todo un señor duque. Misterios del vampirismo.

Ah, mi nombre es Wiedzma y soy bruja, para servirle en lo que guste usted. ¿Malvada? Bah, eso dicen pero no será usted de los que creen todo lo que se dice ¿verdad? No, no soy malvada. Traviesa. Revoltosa. No sé, me gusta divertirme; vale, supongo que mis bromas no son siempre divertidas para ustedes pero... eso no es culpa mía... ejem...

Mire, aquí van llegando los demás. Luego se los presento a todos, si quiere. Pero, hombre de Dios, que temblores me tiene usted. Que no pasa nada, créame. Otra noche no le digo pero esta noche... nada, usted tranquilo que no pasa nada. Esta noche no es nuestra noche.

¿No se lo he dicho todavía? Nosotros, los “Diejnigen, die verstecken”* odiamos la Nochevieja. A ustedes parece encantarles y nosotros no la soportamos. El resto de las noches del año son nuestras, nuestro reino pero esta... esta noche es de los humanos. La han invadido y la han hecho suya y a nosotros nos han expulsado de ella. Demasiada luz. Demasiado bullicio. Coches, gente, cánticos, borrachos, pitidos, petardos, bocinazos. No está hecho para nosotros. Fíjese, la pobre banshee, por ejemplo, la última vez que intentó anunciar una muerte en plena celebración de Año Nuevo, se le acercaron dos borrachos, la tomaron cada uno de un brazo y se lanzaron a gritar con ella y luego se pusieron a cantar y así la tuvieron toda la noche a la pobre. Acabó hecha unos zorros.

Y nuestros queridos -y nobles- vampiros. El pobre Blut y unos cuantos amigos se pillaron tal cogorza la última vez que intentaron beber sangre en Nochevieja que se les quitaron las ganas para siempre.


El pobre Ulven acabó en una perrera mientras que su amigo del alma, Varg, apareció al día siguiente en un canódromo corriendo tras una liebre de mentira (siempre ha sido muy delgado ese chico).

Y le podría contar decenas de historias por el estilo ¿sabe? Esta noche, ya le digo, es una mala noche para nosotros. No nos gusta. A mí y a los míos nos gustan las noches más calmadas, con menos gente en las calles. Nos gusta pasar desapercibidos y sorprender a los humanos. Y en Nochevieja eso es imposible. Demasiada masa. Poca magia.

Por eso preferimos reunirnos y pasar la noche en compañía de buenos amigos mientras los humanos se emborrachan y llenan la noche de... de humanidad. Si quiere, esta noche, puede pasarla con nosotros. Ya le he dicho que no tiene nada que temer. Le contaremos historias, charlaremos, beberemos también nosotros, nos divertiremos juntos. A los chicos les parecerá divertido tener un humano por aquí.

Esta noche, si usted quiere, olvidaremos nuestras “pequeñas diferencias” y fingiremos que somos amigos. Esta noche está a salvo aquí. Me gustaría decirle que mañana será igual y que si se encuentra con Ulven o con Blut o conmigo misma, nos saludaremos e iremos a tomar un café pero no, olvídelo...

Si cualquier noche de estas, usted encuentra a alguno de los nuestros por la calle... bueno, mejor que no nos encuentre... No me mire con esa cara de espanto, nuestra naturaleza es así, no podemos evitarlo.


Pero esta noche es diferente. Disfrute, diviértase. ¿Cómo es eso que dicen ustedes? Ah, sí:


¡FELIZ AÑO NUEVO!



* Alemán: “los que se esconden”.... No, no sé ni papa de alemán pero, oye, me sonaba mejor en ese idioma y el cuentito es mío. Faltaría...


* ¿Qué pasa? Me gusta como suena y por eso lo repito. Insisto: es mi cuento y hago lo que quiera ¿Vale? Pues eso.



jueves, 25 de diciembre de 2008

Cuentos de Navidad... o algo así

Esta primera historia me la inspiró un comentario de Peterpsych en mi anterior post (aprovecho y pido disculpas a todos aquellos a quienes no pude responder por -otra vez- falta de tiempo).


Mr. Scrooge

Una vez pasada la Navidad, Mr. Scrooge volvió a ser el de siempre. Una vez pasada la euforia inicial no le costó nada convencerse de que su encuentro con los espíritus no había sido más que una extraña -y aterradora- pesadilla. A los pocos días volvía a ser el mismo “tacaño, avaro, cruel, desalmado, miserable, codicioso, incorregible, duro y esquinado como el pedernal” que había sido antes de su revelación navideña.

Por tanto volvió a ignorar a su sobrino, volvió a tiranizar a sus empleados y se olvidó por completo del pequeño Tim.

Eso sí, dejó de odiar la Navidad puesto que, durante su período de “fiebre navideña” se dio cuenta de que esa época del año podía ser un gran, gran negocio y en sacarle provecho puso todo su empeño.

Evidentemente, Mr. Scrooge fue todo un visionario...


De cómo nació un mito...


En cuanto entró en su cubículo se deshizo de la chaqueta de su uniforme -cada vez le quedaba más ajustado pero aún no se animaba a ponerse a dieta- y de las pesadas botas.

Cada vez que el planeta laboratorio completaba su órbita alrededor de su minúscula estrella, él tenía que enfundarse -embutirse- su uniforme, coger su pequeña nave y salir de la nave nodriza a tomar notas sobre cómo iba evolucionando la vida en él.

Era un trabajo la mar de aburrido pero alguien tenía que hacerlo y, hasta que llegara su relevo, ese alguien era él. Se miró en el espejo para atusarse la larga barba característica de su pueblo y, suspirando profundamente, cogió su saco de muestras y se dispuso a clasificar lo que había recogido en su último viaje exploratorio.

Su bajada al planeta laboratorio solía coincidir con una celebración muy peculiar que llevaba a los especímenes que controlaba a cubrir todo todo de lucecitas y curiosos adornos, a escuchar extrañas canciones una y otra vez y a reunirse en manadas para comer y beber sin control.

Esto, al menos, lograba amenizar un poco el viaje. Cierta vez estaba tan entretenido con este espectáculo que fue descubierto por una pequeña cría. Ante aquella mirada asombrada no supo cómo reaccionar y, sin saber muy bien por qué, le regaló un pequeño muñeco de madera que había encontrado en su exploración.

Los gerifaltes se pusieron hechos una furia cuando se enteraron: que si iban a ser descubiertos, que si no se debía interferir en el devenir del planeta laboratorio, que si eso sería catastrófico, que si bla, bla, bla. Como, finalmente, no había ocurrido nada de lo que temían, salvó el puesto. Claro que se vio obligado a ocultar que, a partir de entonces, había pasado a formar parte de la mitología de las pequeñas criaturas del planeta laboratorio y su imagen llenaba casas y calles durante las fiestas que coincidían con su bajada al planeta.

Algún día se enterarían allá, en casa y no quería ni pensar cómo reaccionaría los grandes jefazos...


sábado, 20 de diciembre de 2008

¡Nati ya está aquí!


Hace unos días, al abrir la puerta para salir de casa, me la he encontrado, esperando. Ahí, vestida de rojo y verde, con sus cabellos dorados y repleta de purpurina, espumillón, lucecitas... Oh, sí, ahí estaba, otra vez, ella, la de siempre, la de todos los años: la Navidad.

Sí, señor, aquí está ella dispuesta a repartir felicidad a diestro y siniestro... o eso dice porque, sinceramente, a pesar de todo el marketing que se hace la tía, mientras ella está por aquí veo aumentar peligrosamente la nostalgia, la tristeza, el sentimiento de soledad, el aislamiento. Vamos, que la consabida felicidad navideña la veo, más que nada, en los anuncios y en los adornos callejeros.

Así que cuando, me la he encontrado ahí, esperando para sorprenderme no he podido evitar una exclamación mezcla de hastío y resignación. Eso sí, mi niña se ha puesto a dar saltos como una posesa y es que, como le digo yo a la Nati:

-Chica, si no fuera por los niños, no sé qué iba a ser de ti.

Y es que Nati, la alegre Nati, vive en el alma de los más pequeños y en los recuerdos infantiles de los adultos. En aquellas familias en que ya no hay ningún niño que mire con ojos brillantes las luces y el espumillón, la Navidad se va transformando en un trámite anual, en un rito a cumplir no sé sabe bien por qué o en tristes reuniones dedicadas a la nostalgia. En muchos casos, sencillamente, deja de celebrarse.

Cuando le digo estas cosas ella se ríe, con esa risa que suena como a cascabeles, se sacude su dorada melena y se encoge de hombros. Todo esto, claro está, le importa más bien poco. Ella vive inmersa en una eterna infancia y en una fiesta continua.


Así que, allá que vamos, como cada año, a buscar los adornos navideños. La niña con ilusión y yo, bueno, es difícil liberarse del contagio cuando estás al lado de una infante entusiasmada.

Este es, evidentemente, el primer rito navideño. Sacar los adornos del trastero y comenzar a ponerlos.

Lo primero, el árbol. Mi árbol de Navidad ya tiene unos añitos. El pobre, cuando llegó a casa, tenía su aquél de intentar ser elegante; y digo que intentaba porque no sé si lo conseguía. El caso es que mi árbol, cuando llegó a casa y estaba nuevo y reluciente, sólo quería dos colores -aparte del suyo propio- rojo y dorado: bolas rojas, espumillón dorado y bastante minimalista (todo lo que permitía el barroco navideño, claro).

Pero entonces llegó la niña. Y la cosa cambió. No durante la primera visita de la Nati tras su nacimiento, no. Ni tampoco a la siguiente. Pero a la tercera Navidad... se le acabaron las ínfulas al tontorrón de mi árbol. Ahora sigue manteniendo sus bolas rojas y el espumillón dorado pero la niña comenzó a decidir sobre su decoración y a ellos se han unido: el espumillón plateado -de momento se ha librado de otros colores-; las bolas amarillas, azules, alguna rosa -de esas que están forradas como con hilos, sí, de esas-; figuritas de cartón sacadas de su primer calendario de adviento; pequeñas figuritas de angelitos y Papas Noeles; campanitas de esas que te ponen en el Corte Inglés al envolverte los regalos; pequeñas tarjetitas navideñas... Sin olvidarnos, claro está, de las luces, esas luces que siempre se enredan y que, si un año se encienden y se apagan, al siguiente sólo se encienden y, al otro, igual sólo se enciende la mitad de ellas. En fin, un batiburrilo abigarrado y desbordante que, finalmente, mi árbol ha aceptado con resignación (bueno, ahora que no nos oye, yo creo que, en el fondo, está encantado con tanto adornito).

En cuanto al resto de la decoración navideña, en el período pre-niña, también tendía a ser escasita. Ahora... ahora el árbol está rodeado de una multitud de christmas, un Papá Noel de esos vestidos de dorado, otro Papá Noel que canta y se balancea, se balancea y canta -bastante terrorífico, especialmente cuando lanza su “¡Yiiihaaaa!” final... Además de esto hay un pequeño rincón para los tres Reyes Magos -con su estrella y un ángel, restos de un viejo Nacimiento-; un muñeco de nieve luminoso; un calcetín enorme... Eso sólo en el salón porque en su dormitorio contamos con: espumillón en la pared, una vela de cartulina que hizo en clase de dibujo, un pequeño cuadro sobre madera hecho en el mismo lugar y un calendario de adviento. Ah, y un gorrito de Papá Noel.


Esto, por supuesto, ha puesto a Nati como unas castañuelas porque, ya se sabe, ella es así, muy naif y muy kitsch.

Luego tocó sesión de compras porque Nati, nuestra encantadora Nati es una consumada consumista. En nombre del amor, de la familia, de la amistad y de todas esas cosas, sí, pero consumista. Y le encanta llevarte de tienda en tienda, buscando y rebuscando, haciéndote polvo los pies y la tarjeta. Sufriendo horas y horas de interminables y horrísonos villancicos tanto patrios como foráneos. Le encanta ver cómo te empujan, te pisan, te dan codazos, gastas preciosos minutos de tu vida ante el mostrador de empaquetado... Claro, como ella es una personificación antropomórfica de esas pues no se le mueve ni uno solo de sus dorados cabellos, no le sale ni una mala arruga en su traje rojiverde y no le duelen los pies.

Y dentro de nada nos llevará de comilonas, que es otra cosa que a Nati, esta bellísima Nati, le encanta... porque ni cocina, ni engorda, claro... Cena de Nochebuena. Comida de Navidad. Cena de Nochevieja. Comida de Año Nuevo. Comida de Reyes. Lechazo. Marisco. Jamón. Chorizo. Vino. Cava.Turrón. Polvorones. Roscón de Reyes... Almax, bicarbonato. Nati nos machaca el estómago y el hígado a base de bien, mientras ella sigue fresca y lozana como una rosa.

Ay, la Nati, nuestra feliz Nati que vuelve cada año sin faltar ni uno, la tía. A ella eso de las crisis y demás le trae sin cuidado, ella quiere fiesta, fiesta y más fiesta. Y que todos sonriamos incluso sin ganas. Y que nos dediquemos a ser felices por narices.

En fin, habrá que aguantarla unos cuantos días. Intentaremos disfrutar con ella. Procuraremos huir allá, al país de la infancia y recuperar un poco de aquella ilusión y aquella magia. Y si no lo conseguimos pues nos consolaremos pensando que, en unos cuantos días, Nati se largará y no volverá hasta el próximo año.

Así que, niños y niñas, a disfrutar -como podamos- con Nati...o a intentarlo*. O sea, dicho de otro modo:


¡FELIZ NAVIDAD! ... bueno, mejor les dejo un vídeo de Johnn Lennon y listo.


* Si por mucho que te esfuerces no consigues disfrutarla, te queda la opción de irte a vivir a alguna cueva alejada del mundanal ruido, pero te aviso que en esos sitios se pasa un frío...


lunes, 15 de diciembre de 2008

Cuentos de princesas

“Husband” con catarro. Stop. Niña también con catarro (y otitis). Stop. La casa ha sido invadida por los virus del resfriado, la tos, los mocos, décimas y décimas de fiebre, kleenex, ibuprofeno, paracetamol, antibiótico, botellas de agua y mantas. Stop. Resfriado parecía decidido a quedarse en casa. Stop. Finalmente se va marchando. Stop. Lamento haber tardado tanto en escribir. Stop. Me pondré al día en cuanto pueda. Stop.

Cenicienta

Cuando Cenicienta metió su pequeño pie en el zapato de cristal que había perdido días atrás, no dedicó ni un pensamiento al joven príncipe con el que iba a casarse, pues todo su amor iba dirigido hacia el pequeño zapato y hacia todos aquellos zapatos que, tras la boda, podría conseguir.

Cuando el príncipe se encontró, nuevamente, con Cenicienta, se sintió feliz al pensar que, tras la boda, su padre lo dejaría en paz y podría vivir su amor con el guapo gentilhombre que la había traído hasta él.

Y ambos fueron felices para siempre pues ambos consiguieron lo que en realidad deseaban.



La Bella Durmiente

Los pasos del príncipe sonaban cada vez más cercanos. La Bella Durmiente cerró los ojos con fuerza. No quería marcharse de su torre. Estaba bien allí.

El príncipe estaba cada vez más próximo. El corazón de la Bella Durmiente latía con fuerza y se obligó a mantener los ojos cerrados.

-Si finjo que sigo dormida -pensó- no osará besarme y podré permanecer aquí otros cien años más.

Cuando el príncipe estuvo junto a la Bella Durmiente dudó si besarla o no. Besar a una doncella dormida no le parecía muy caballeroso pero, por otro lado, era la primera oportunidad que tenía de disfrutar de unos hermosos labios. Queda claro que, finalmente, vencieron sus impulsos primarios y besó a la princesa dormida.

Ella sólo quería seguir en su torre. Él sólo quería disfrutar de su primer beso. Ambos se vieron envueltos en una historia que no deseaban.

Dice el cuento que vivieron felices para siempre.

Tendremos que creerlo.


Blancanieves

Tras una vida de huérfana a la que su padre no prestaba atención y odiada por su madrastra, Blancanieves había acabado viviendo con unos enanos que la hacían trabajar día y noche en el cuidado de la casa. Así que, aunque sabía quien era la vieja que le ofrecía la hermosa manzana e imaginaba lo que suponía morderla, Blancanieves no dudó ni un segundo.

-Así acabarán todos mis males- pensó.

Cuando llegó el príncipe y convenció a los enanos para que le regalaran el féretro que ocupaba la joven, este no pensaba en casarse con ella sino en conservarla tal cual estaba pues era un príncipe caprichoso y le había parecido un hermoso juguete.

El tropezón accidental y la regurgitación de la manzana no estaba en los planes de nadie.

El padre del príncipe pensó que no era correcto comprar a una doncella y luego abandonarla. Así que obligó al príncipe a casarse con ella.

El príncipe pensó que eso de casarse sería divertido.

Blancanieves pensó que esa era su oportunidad para vengarse de su malvada madrastra.

Sé que comieron perdices.... a saber si fueron felices.


viernes, 5 de diciembre de 2008

Venganza

Tres golpes en la puerta me sacaron de mi embeleso. Al abrir me encontré con un desconocido envuelto en una capa que me pedía asilo. No sé qué me llevó a ser tan confiada como para abrir la puerta y franquearle el paso, quizás porque era muy atractivo, quizás por que el vino me hacía atrevida, quizás fue su mirada. El caso es que le dejé pasar y le ofrecí una copa de vino.

Ahora el atractivo desconocido se encontraba sentado en mi sillón favorito, bebiendo una copa de mi vino favorito. Se llamaba Edelbert Conway, y era, sin duda, el prototipo de héroe romántico: alto, fuerte, irresistiblemente atractivo, mirada penetrante y torturada... Su lugar natural era en unos acantilados irlandeses con el viento alborotándole el cabello oscuro y pegando la camisa a su poderoso pecho; con la mirada perdida en el horizonte marino, torturado por quién sabe qué extraños pensamientos. Así era Edelbert, un hombre de los que hacen temblar las piernas a las mujeres o al menos eso cuentan las novelas románticas.

En un principio Edelbert Conway se mostró taciturno y escasamente comunicativo pero, pronto, el buen vino y el calor de mi chimenea lo alentó a contarme su triste historia.

Fue un amor a primera vista, me contó, un flechazo sin paliativos. Morgana Witches, lo conquistó con sólo una mirada de sus ojos verdes. Luego vino una relación intensa y apasionada, un noviazgo corto, una boda ostentosa, una empalagosa luna de miel, un regreso esperanzado y un matrimonio infausto. Todo ello en el breve plazo de veinticuatro meses.

Edelbert me contaba todo esto sin apartar la mirada de las llamas que lamían con glotonería los troncos de pino. El viento procedente del océano silbaba entre los árboles del exterior. Su voz sonaba amarga mientras me contaba las continuas peleas con su esposa, las noches en que se iba de casa dando un portazo y la sensación de vivir un fracaso. Su matrimonio se hundía más rápidamente que el Titanic y él ya podía sentir el frío llegando hasta su corazón.

Entonces la conoció a ella: Alisandra Cavanaugh. Hermosa como una diosa griega, misteriosa como ellas. Una mujer fuerte y encantadora, valiente y dulce. Una mujer que lo volvió loco de amor (al parecer, a Mr. Conway no le era difícil dejarse llevar por el arrebato amoroso). Su amor fue correspondido -por supuesto- y se amaron a escondidas durante meses ya que Edelbert nunca parecía encontrar el momento adecuado para enfrentarse a su desinformada esposa.

Lamentablemente para Edelbert y Alisandra no fue necesario informarla de nada. Ella sola lo descubrió todo “gracias” a que, por fatal coincidencia, la mano de Morgana se encontró en el lugar inadecuado en el momento más inoportuno: en el bolsillo de Edelbert que, en ese momento, guardaba una – ardiente- carta de amor de Alisandra en la que daba cuenta del lugar y hora de su próximo encuentro.

-Puede imaginarse -me dijo Mr. Conway suspirando profundamente- que no fue un descubrimiento nada agradable, en ningún sentido.

Morgana, a pesar de su apariencia delicada, tenía un genio de mil demonios. Era, además, posesiva hasta lo enfermizo y vengativa hasta la obsesión. Teniendo en cuenta todos estos datos puede considerarse que su reacción fue de lo más “lógica”. Así fue totalmente “lógico” que se presentara en la cita y también fue “lógico” que hubiera una desagradable escena con todos los típicos tópicos de estas escenas: lágrimas, gritos, rotura de diversos enseres contra las paredes, arañazos a él, intentos de dejarla calva a ella, más lágrimas, más gritos, huida precipitada de la rival...

También fue “lógico” que tras descubrir que su esposo le era infiel Morgana planeara su venganza.

El viejo reloj de péndulo del abuelo dio las doce. Edelbert me miró a los ojos por primera vez desde que comenzó su relato: - Morgana Witches... no puede haber nombre más descriptivo ¿no cree?-.

Morgana era bruja, nacida de una larga saga de brujas. Morgana era bruja y gran conocedora de hechizos, rituales y pócimas de todo tipo... y él no se enteró hasta que fue demasiado tarde.

-La misma noche que Morgana me habló de sus artes brujeriles -siguió contando Edelbert- me lanzó su primer hechizo, dejándome incapacitado para huir. También llamó a unos cuantos diablillos que se lo pasaron muy bien torturándome de mil maneras diferentes. Nada de lo que me hacían, sin embargo, menguaba mi fuerza física pues ella no deseaba mi muerte, no, ella lo que deseaba era verme sufrir.

Pero de todo se cansa el ser humano y las brujas, a pesar de todo, también son humanas así que Morgana acabó cansándose de atormentar a Edelbert y decidió hacerlo desaparecer de su vida para siempre.

Mi invitado lanzó otro de sus tristes suspiros y me alargó la copa para que volviera a llenarla. Mientras vertía mi mejor vino en su copa pensé que no me apetecía demasiado conocer la continuación de su historia. Sin embargo, algo me impelía a pedirle que continuara. Y eso hizo.

La venganza elegida por Morgana -continuó Edelbert- fue... fue... bueno, mejor será que le ponga usted los calificativos que quiera. La venganza de Morgana fue transformarme en personaje de ficción. La venganza de mi esposa fue condenarme a vivir en un relato, para siempre, sin posibilidad de escape. Su castigo fue obligarme a repetir mi historia una y otra vez ante usted, ante ti Alisandra. Sin que tú recuerdes quién soy yo, sin que sepas quién eres tú. Mi condena es verte y hablarte eternamente, sabiendo que habito, que habitamos, unas escasas páginas de un oscuro libro, y saber qué tú no tienes ni idea de todo esto hasta que te lo cuento. Y que no recuerdas nada. Y que, ahora mismo, estás pensando que soy un loco. Mi condena es, en fin, saber que voy a intentar besarte porque te amo y que tú vas a resistirte a ello porque estás convencida de que soy un perturbado. Cogerás el abrecartas de esa mesilla y me lo clavarás hasta que caiga muerto a tus pies. Lo sé porque lo ya te lo he contado miles, millones de veces. Lo sé porque ya lo has hecho miles, millones de veces.

Y entonces Edelbert Conway rodeó mi cintura fuertemente. E intentó besarme. Y yo tomé el abrecartas plateado que me había regalado mi padre (porque... me lo había regalado mi padre ¿verdad?). Y, finalmente, tras un breve forcejeo, asustada, se lo clavé en la espalda, no una vez ni dos, sino incontables veces.

Todo tal y como él me había contado hacía unos instantes.

Cayó muerto a mis pies, tal y como él me había dicho.

Solté el abrecartas como si ardiera y, entre temblores, me senté en mi sillón favorito a tomarme una copa de mi vino favorito. Había matado a un hombre y eso me aterraba, pero también me aterraba la idea de que, quizás, su historia fuera real. Tal vez me llame realmente Alisandra Cavanaugh, tal vez esté condenada a matar a Edelbert Conway una y otra vez hasta el fin de los tiempos.

Sentada en mi sillón favorito, con mi vino favorito, contemplé las llamas y escuché al viento silbar entre los árboles del exterior.

Tres golpes en la puerta me sacaron de mi embeleso...