sábado, 20 de diciembre de 2008

¡Nati ya está aquí!


Hace unos días, al abrir la puerta para salir de casa, me la he encontrado, esperando. Ahí, vestida de rojo y verde, con sus cabellos dorados y repleta de purpurina, espumillón, lucecitas... Oh, sí, ahí estaba, otra vez, ella, la de siempre, la de todos los años: la Navidad.

Sí, señor, aquí está ella dispuesta a repartir felicidad a diestro y siniestro... o eso dice porque, sinceramente, a pesar de todo el marketing que se hace la tía, mientras ella está por aquí veo aumentar peligrosamente la nostalgia, la tristeza, el sentimiento de soledad, el aislamiento. Vamos, que la consabida felicidad navideña la veo, más que nada, en los anuncios y en los adornos callejeros.

Así que cuando, me la he encontrado ahí, esperando para sorprenderme no he podido evitar una exclamación mezcla de hastío y resignación. Eso sí, mi niña se ha puesto a dar saltos como una posesa y es que, como le digo yo a la Nati:

-Chica, si no fuera por los niños, no sé qué iba a ser de ti.

Y es que Nati, la alegre Nati, vive en el alma de los más pequeños y en los recuerdos infantiles de los adultos. En aquellas familias en que ya no hay ningún niño que mire con ojos brillantes las luces y el espumillón, la Navidad se va transformando en un trámite anual, en un rito a cumplir no sé sabe bien por qué o en tristes reuniones dedicadas a la nostalgia. En muchos casos, sencillamente, deja de celebrarse.

Cuando le digo estas cosas ella se ríe, con esa risa que suena como a cascabeles, se sacude su dorada melena y se encoge de hombros. Todo esto, claro está, le importa más bien poco. Ella vive inmersa en una eterna infancia y en una fiesta continua.


Así que, allá que vamos, como cada año, a buscar los adornos navideños. La niña con ilusión y yo, bueno, es difícil liberarse del contagio cuando estás al lado de una infante entusiasmada.

Este es, evidentemente, el primer rito navideño. Sacar los adornos del trastero y comenzar a ponerlos.

Lo primero, el árbol. Mi árbol de Navidad ya tiene unos añitos. El pobre, cuando llegó a casa, tenía su aquél de intentar ser elegante; y digo que intentaba porque no sé si lo conseguía. El caso es que mi árbol, cuando llegó a casa y estaba nuevo y reluciente, sólo quería dos colores -aparte del suyo propio- rojo y dorado: bolas rojas, espumillón dorado y bastante minimalista (todo lo que permitía el barroco navideño, claro).

Pero entonces llegó la niña. Y la cosa cambió. No durante la primera visita de la Nati tras su nacimiento, no. Ni tampoco a la siguiente. Pero a la tercera Navidad... se le acabaron las ínfulas al tontorrón de mi árbol. Ahora sigue manteniendo sus bolas rojas y el espumillón dorado pero la niña comenzó a decidir sobre su decoración y a ellos se han unido: el espumillón plateado -de momento se ha librado de otros colores-; las bolas amarillas, azules, alguna rosa -de esas que están forradas como con hilos, sí, de esas-; figuritas de cartón sacadas de su primer calendario de adviento; pequeñas figuritas de angelitos y Papas Noeles; campanitas de esas que te ponen en el Corte Inglés al envolverte los regalos; pequeñas tarjetitas navideñas... Sin olvidarnos, claro está, de las luces, esas luces que siempre se enredan y que, si un año se encienden y se apagan, al siguiente sólo se encienden y, al otro, igual sólo se enciende la mitad de ellas. En fin, un batiburrilo abigarrado y desbordante que, finalmente, mi árbol ha aceptado con resignación (bueno, ahora que no nos oye, yo creo que, en el fondo, está encantado con tanto adornito).

En cuanto al resto de la decoración navideña, en el período pre-niña, también tendía a ser escasita. Ahora... ahora el árbol está rodeado de una multitud de christmas, un Papá Noel de esos vestidos de dorado, otro Papá Noel que canta y se balancea, se balancea y canta -bastante terrorífico, especialmente cuando lanza su “¡Yiiihaaaa!” final... Además de esto hay un pequeño rincón para los tres Reyes Magos -con su estrella y un ángel, restos de un viejo Nacimiento-; un muñeco de nieve luminoso; un calcetín enorme... Eso sólo en el salón porque en su dormitorio contamos con: espumillón en la pared, una vela de cartulina que hizo en clase de dibujo, un pequeño cuadro sobre madera hecho en el mismo lugar y un calendario de adviento. Ah, y un gorrito de Papá Noel.


Esto, por supuesto, ha puesto a Nati como unas castañuelas porque, ya se sabe, ella es así, muy naif y muy kitsch.

Luego tocó sesión de compras porque Nati, nuestra encantadora Nati es una consumada consumista. En nombre del amor, de la familia, de la amistad y de todas esas cosas, sí, pero consumista. Y le encanta llevarte de tienda en tienda, buscando y rebuscando, haciéndote polvo los pies y la tarjeta. Sufriendo horas y horas de interminables y horrísonos villancicos tanto patrios como foráneos. Le encanta ver cómo te empujan, te pisan, te dan codazos, gastas preciosos minutos de tu vida ante el mostrador de empaquetado... Claro, como ella es una personificación antropomórfica de esas pues no se le mueve ni uno solo de sus dorados cabellos, no le sale ni una mala arruga en su traje rojiverde y no le duelen los pies.

Y dentro de nada nos llevará de comilonas, que es otra cosa que a Nati, esta bellísima Nati, le encanta... porque ni cocina, ni engorda, claro... Cena de Nochebuena. Comida de Navidad. Cena de Nochevieja. Comida de Año Nuevo. Comida de Reyes. Lechazo. Marisco. Jamón. Chorizo. Vino. Cava.Turrón. Polvorones. Roscón de Reyes... Almax, bicarbonato. Nati nos machaca el estómago y el hígado a base de bien, mientras ella sigue fresca y lozana como una rosa.

Ay, la Nati, nuestra feliz Nati que vuelve cada año sin faltar ni uno, la tía. A ella eso de las crisis y demás le trae sin cuidado, ella quiere fiesta, fiesta y más fiesta. Y que todos sonriamos incluso sin ganas. Y que nos dediquemos a ser felices por narices.

En fin, habrá que aguantarla unos cuantos días. Intentaremos disfrutar con ella. Procuraremos huir allá, al país de la infancia y recuperar un poco de aquella ilusión y aquella magia. Y si no lo conseguimos pues nos consolaremos pensando que, en unos cuantos días, Nati se largará y no volverá hasta el próximo año.

Así que, niños y niñas, a disfrutar -como podamos- con Nati...o a intentarlo*. O sea, dicho de otro modo:


¡FELIZ NAVIDAD! ... bueno, mejor les dejo un vídeo de Johnn Lennon y listo.


* Si por mucho que te esfuerces no consigues disfrutarla, te queda la opción de irte a vivir a alguna cueva alejada del mundanal ruido, pero te aviso que en esos sitios se pasa un frío...