martes, 16 de septiembre de 2008

Sentidos III

Olfato

Háganme caso: nunca, jamás recojan una lámpara mágica. Y si son tan curiosos que no pueden remediarlo y se empeñan en cogerla, no la froten. Y si son tan amantes de la limpieza que no pueden evitar frotar y frotar hasta dejarla brillante, no hablen con el genio, es más, ni lo miren, ignórenlo o, mejor aún, salgan corriendo. Y si el genio les sigue, les persigue y les acosa, no le pidan nada, esto es lo más importante: no le pidan absolutamente nada de nada.


Créanme, sé de lo que hablo.


Verán yo soy, o era, perfumista, no uno de los grandes, pero, vaya, me podía ganar la vida bastante bien. Lamentablemente yo era el feliz poseedor de una ambición que superaba con mucho mi escaso talento y quería ver mi nombre junto al de Jean-Paul Guerlain o Jacques Polge. En realidad soñaba con tener el olfato de Jean-Baptiste Grenouille pero sin su ansia asesina.


Por eso, cuando encontré esa lámpara mágica (1) en aquella pequeña y misteriosa tienda de antigüedades surgida de la nada (2), decidí que tenía que ser mía costara lo que costara (3). Así que la compré, la llevé a casa e hice lo que se hace cuando se tiene una lámpara mágica… contárselo a todos mis amigos. Luego me serví una cerveza, cogí un trapo y me dispuse a frotar y frotar, la dejé tan brillante que incluso habría pasado la prueba del algodón del mayordomo de Tenn (el gordito de antes, no el buenorro actual que ni limpia ni ná…). Ya comenzaba a sentirme cansado cuando, finalmente, y con un gran bostezo, mi djinn decidió hacer acto de presencia.


Se inclinó ante mí, me soltó el típico saludo y me dijo lo de los tres deseos que era lo que a mí me interesaba. Le dije que a mí tan sólo me interesaba uno y que renunciaba a los otros dos de buena gana. Tras esto, mi genio me hizo firmar la renuncia a esos dos deseos, mi consentimiento para que hiciera su magia, una declaración jurada en la que me hacía responsable de cualquier consecuencia que tuviera mi deseo y no sé cuántos papeles más. Según me dijo los genios estaban teniendo muchos problemas legales a causa de clientes insatisfechos e incapaces de hacerse responsables de sus propias decisiones.


Yo estaba tan encantado con la posibilidad de lograr mi deseo que firmé todo cuanto me ponía delante sin rechistar. Cuando, por fin, firmé todo lo que había que firmar (4) y lleno de impaciencia me dispuse a pedir mi más ansiado deseo: tener el mejor olfato del mundo, que no hubiera ser humano capaz de oler mejor que yo.


Y… bueno… olfato tengo. El mejor olfato que cualquier pueda imaginar. Según he oído por ahí tengo 220 millones de células olfativas. Lástima que no me sirvan para hacer perfumes y es que, ya sabrán ustedes que el mundo de los perfumistas es muy cerrado. Sobre todo si uno es un perro. Sabueso. Pero perro.


Así que, en serio, háganme caso, si encuentran una lámpara mágica, aléjense de ella.


Ni se les ocurra llamar al genio y pedir un deseo.


Ni firmar nada que les pongan por delante sin estar seguro de lo que hacen.


¡Guau… Grrrr…. Bouff… Bouff… Grrrr… Guau…! ¿Wouffrrrr….? (5)







(1) ¿Qué como sabía que era una lámpara mágica? Todo el mundo sabe cómo es una lámpara mágica gracias a los cuentos infantiles ¿O es que nunca ha leído un cuento de Aladino? Pues eso: es algo inconfundible. Si parece una lámpara mágica, tiene el color de una lámpara mágica, suena y huele como una lámpara mágica y, lo más importante, si tiene un cartelito que pone: Lámpara Mágica – Cuidado con el Genio. Es evidente: se trata de una auténtica lámpara mágica.


(2) Es una ley conocida por todos que este tipo de objetos mágicos se venden siempre en misteriosas y pequeñas tiendas rebosantes de curiosas antigüedades. Ah, en estos lugares también pueden encontrarse extraños bichitos a los que no se puede alimentar después de las doce de la noche ya que luego padecen una indigestión con síntomas de lo más curioso.


(3) Exactamente costó 60’25 €. No soy tan buen regateador como creía…


(4) Incluida la escayola de un amigo que pasó de visita justo en ese momento…


(5) N. del T.: ¡Hay que joerse con los genios! ¿Dónde habré metido ese hueso?