domingo, 4 de mayo de 2008

Archibald


Cuando Archibald Crane decía su nombre a uno de sus clientes, en lugar del habitual alarido de terror que inspiraban sus compañeros, obtenía carcajadas. Normal. Con semejante nombre tendría que haber sido contable, o cajero de banco, o funcionario, o cualquier otro empleo sencillo y gris de humano pero, lamentablemente, Archibald Crane era un demonio y un demonio que causa risa no puede ser un buen demonio.


A Archibald le habría encantado tener un buen nombre diabólico, un nombre como Abraxas, por ejemplo, Alastor, Belial, Gamaliel; esos sí que eran nombres que imponían respeto. ¡Ah! Con un nombre así, seguro que habría hecho grandes e infernales cosas pero, no, su madre se empeñó en ponerle un exótico nombre humano y ni el mismísimo Príncipe de las Tinieblas logró que cambiara de idea (1).


Estaba convencido el pobre Archibald de que el causante de todos sus males era ese horrible nombre. Por culpa de ese nombre era torpe, desmañado, distraído y desgarbado. Por su culpa había sido siempre el último de la clase; el peor en apariciones demoníacas y el que sacaba las notas más bajas en clases de Tentación Aplicada. Por culpa de ese maldito nombre – eso creía Archibald - se metía en follones sin fin y metía la pata continuamente. Como aquella vez que, al hacer un trato con una ancianita, no sólo olvidó hacerle firmar el contrato de cesión de alma sino que, además, su deseo de juventud sólo se cumplía los fines de semana (2). O aquella otra vez que sustituyó a un compañero íncubo con tan mala pata que fue a escoger a la única ninfómana en cien kilómetros a la redonda; consecuencia de ello fue que el pobre Archibald acabara con agujetas hasta en lugares que él desconocía y que la antedicha ninfómana fuera inmediatamente contratada como súcubo pues los mandamases del infierno se apercibieron inmediatamente de su enorme potencial (3).


¿Y cómo olvidar su intento de abrirse camino en el apasionante mundo de las posesiones demoníacas? ¡Un desastre completo! En primer lugar, entre todas las posibles víctimas a elegir, Archibald se decidió por un anacoreta de esos que, un día, sin previo aviso, deciden abandonar “el mundanal ruido” e irse a vivir a una cueva solitaria en la montaña más alta que encuentran en las cercanías; por supuesto, esto le privó de la fama consiguiente a toda posesión pues las únicas que se percataron de tal hecho fueron las cabras de los alrededores (4). Para más inri, el tal anacoreta, en lugar de hundirse en el abatimiento por compartir su cuerpo con un demonio, se sintió de lo más feliz pues, después de veinte años de soledad y silencio, descubrió que era de lo más agradable tener compañía aunque fuera interna y diabólica. Lo de hablar en diez idiomas, cuatro dialectos y el lenguaje de signos para sordos, en lugar de asustarlo, le pareció totalmente fantástico y muy útil para charlar con los turistas que por allí pasaban miércoles y sábados (5). Lo de la fuerza extrema también le pareció maravilloso pues lo que hasta entonces le había parecido agotador (transportar agua desde el río, cargar leña para las hogueras nocturnas, etc...) se volvió, de pronto, un trabajo ligero y fácil. Disfrutó al máximo de la capacidad de girar la cabeza 360º (pues le permitía controlar a su rebaño de cabras filósofas sin apenas moverse del sitio) y de la de trepar por las paredes (que le permitía ir a buscar a las dichas cabras hasta los lugares más inalcanzables). En fin, que el ermitaño en cuestión estaba disfrutando tanto de su posesión que se negó a ser exorcizado y tanto apego le tenía a Archibald que éste se vio obligado a pedir ayuda al inframundo, convirtiéndose en el primer demonio que pasaba por un exorcismo para librarse de su poseído.


Sólo a un demonio llamado Archibald podía pasarle semejante cosa... o eso pensaba el pobre diablo.


Pero, finalmente, Archibald Crane, encontró su lugar en el mundo demoníaco. Un lugar desde el que podía manipular, tentar, torturar y ganarse almas para el infierno. Un lugar donde su nombre no era ningún impedimento y que le llegó a proporcionar cierto renombre. Archibald Crane descubrió el mundo de la televisión y se hizo con el puesto de Jefe de Programación. Desde su lugar de trabajo podía alimentar la codicia, la avaricia, la lujuria, la envidia, la ira, cualquier pecado podía ser alentado desde allí.


Archibald, al fin, consiguió sentirse bien consigo mismo. Y consiguió el reconocimiento de todo el mundo infernal. Su madre, al fin, se sintió orgullosa de su hijo. Y hasta el mismo Príncipe de la Oscuridad le llegó a conceder una condecoración especial. El pequeño y desgarbado demonio, al fin, había conseguido ser “alguien”(signifique eso lo que signifique).


Lo que nunca logró fue aceptar el hecho de tener un nombre tan poco demoníaco.


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1. No es que la mamá de Archibald fuera alguien importante en el infierno pero tenía un mal genio legendario en el lugar, era cabezota y, además, andaba enfrascada en plena lucha feminista (influida por una hornada de feministas radicales). El Príncipe de las Tinieblas, puesto ante la diatriba de elegir entre una huelga de diablesas feministas y tener un demonio de nombre Archibald, lo tuvo bien claro.

2. Archibald intentó arreglar el asunto pero, claro, la vieja, al darse cuenta de que aún seguía en posesión de su alma, se quedó más que contenta con ser joven tan sólo de viernes a domingo y amenazó con elevar una queja a lo más alto si el demonio insistía en deshacer el trato. Y ahí sigue, la Sra. Nines, dedicándose al streap-tease cada fin de semana y yendo al Club del Jubilado el resto del tiempo.

3. La tal ninfómana nunca ha sido tan feliz y, a día de hoy, es Jefa Suprema de Súcubos e Íncubos y, además, se encarga de organizar las orgías infernales. Los jefes infernales están muy “satisfechos” con sus dotes. Y el pobre Archibald… bueno, el pobre Archibald siente desde esa noche una curiosa falta de deseo sexual, nada común entre los de su especie.

4. A las cuales les importaba un bledo lo que hicieran o dejaran de hacer los seres humanos, pues estaban mucho más interesadas en sus teorías filosóficas que en las tonterías de esos extraños seres bípedos.

5. Llegó incluso a sugerirle si no podía añadir el japonés entre esos idiomas ya que cada vez eran más los turistas de esa nacionalidad que venían a hacerle fotos.