Algo más que una cara bonita

Amelia era guapa e inteligente, una combinación que a mucha gente parecía sorprender. Hay todavía quien no cree compatible unas medidas 90-60-90 con un doctorado en bioquímicas y, sin embargo, Amelia era la prueba evidente de que esto era más que posible.

Amelia era muy guapa y, en contra de lo que muchos opinaban, esto más que una ventaja era un hándicap porque la obligaba a demostrar continuamente que era mucho más que “una cara bonita y unas curvas de infarto”. Tras mucho trabajo había logrado obtener el respeto de sus colegas y su vida profesional iba viento en popa pero en su vida personal las cosas no le iban tan bien como hubiera querido.


Amelia no había logrado encontrar a un hombre capaz de valorarla por su cerebro. Su cuerpo parecía ejercer el mismo efecto que una luz tan intensa, que los hombres acababan cegados por ella y no eran capaces de mirar en su interior. Había sido así desde su primer novio hasta su último amante. Ellos veían un cuerpo al que poseer y una mujer a la que lucir y ella se esforzaba en que se fijaran en su cerebro sin lograrlo… hasta que conoció a Silas y todo cambió.


Porque a Silas le interesaba Amelia, no su cuerpo.


A Silas le interesaba saber lo que Amelia pensaba, lo que Amelia sentía, lo que Amelia guardaba en su cerebro.


Silas la miraba arrobado pero no porque fuera bella sino porque amaba su cerebro.



Amelia era feliz; al fin había encontrado un hombre que amaba su interior. Silas siempre estaba diciendo cosas como:


- Ojalá pudiera ver todo lo que esconde tu cerebro.


O


- Lo que tienes dentro de esa cabecita es un hermoso cofre del tesoro listo para ser abierto por mí.


Silas parecía poder pasarse horas y horas escuchándola y charlando con ella sin intentar siquiera ponerle la mano encima. Y no es que no tuvieran sexo, claro que lo tenían pero, al contrario que con sus anteriores parejas, no era la parte central de su relación.


Amelia pensaba en todo esto mientras la invadía el sopor. Había pasado una agradable velada con Silas: una cena estupenda, una charla inteligente, un buen vino. Demasiado vino quizás. Tras la última copa el sueño había comenzado a adueñarse de ella. Le costaba mucho mantenerse despierta pero daba igual, seguro que a Silas no le importaría que durmiera en su piso esa noche. A fin de cuentas ya casi se había mudado a él.


Amelia dejó de luchar contra el sueño y se dejó caer en él dulcemente, mientras Silas, el único hombre que la quería por lo que era, la acunaba y acariciaba su cabeza con suavidad. Le susurraba algo, pero tenía tanto sueño y Silas hablaba tan bajo que no lograba entender las palabras. Tampoco le importaba. Mañana le preguntaría. Sí, mañana sabría lo que Silas le murmuraba mientras ella se dormía...


… Silas acunaba a la mujer con suavidad y ternura. Acariciando su cabello, besándole los ojos, era la viva imagen del hombre enamorado. Mientras la acunaba no dejaba de susurrarle:


- ¡Qué hermoso cerebro! ¡Cómo deseo sumergirme en sus misterios!


Cogiéndola en brazos, la trasladó a otra habitación. La tumbó sobre una fría mesa de operaciones. Sujetó fuertemente su cabeza con una correa y, sin dejar de murmurar, cogió una sierra mecánica, se aproximó a Amelia y comenzó a trabajar sin dejar de susurrar:


- Por fin, mi amor, por fin, podré llegar hasta tu interior y hacerlo mío.






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