martes, 1 de abril de 2008

Despertares


Despertar nº 1:


Serían aproximadamente las siete y media de la mañana (minuto más, minuto menos, tampoco está una como para muchas precisiones a esas horas), del sábado 30 de marzo pasado cuando hasta mi dormida mente llegan unos lejanos y terribles gritos:


- ¡Hijo de p….! ¡Te mato, te juro que te mato!


¡BLAM! (esto no es un grito, esto se supone que es la onomatopeya de un tremendo portazo, sigo).


- ¡Te voy a matar, hijo de p…! (el repertorio es poco variado, lo sé, pero yo no soy la autora así que no se me puede culpar de ello).


Después siguen unos cuantos ¡BLAM!, y algún ¡BUM! ¡PAM! Y sonidos por el estilo.


Durante un rato, silencio. Y luego, vuelta a empezar. Sólo se escucha una voz, siempre la misma, quizás algún día averigüe si el destinatario de esos alaridos es imaginario (y por eso no contesta) o si, sencillamente, opta por el silencio para evitar ser víctima de este energúmeno.


Debo tener el sueño muy ligero porque soy la única que se entera de esta, ya habitual, escandalera: ni la niña ni el husband reaccionan.


En fin, después de un ratito de ¡Hijo de p…! y de ¡Te voy a matar cab…! Más algunos portazos más, el silencio vuelve a reinar.


… Hasta que el vecino de al lado decide darse una ducha mañanera. Ducha o baño. Ducha (o baño) y resto de abluciones mañaneras. El aseo queda justo al otro lado de la pared y, a esas horas, un simple grifo suena como una catarata.


Entre los gritos anteriores, el aseo matinal de mi vecino y el sol que ya entra por la ventana (nunca bajo las persianas totalmente, no soporto la oscuridad total), recuperar el sueño es casi una proeza imposible.


Pero, finalmente, logro volver a dormir (caray, es sábado, no pueden exigirme que me levante temprano un sábado…).



Despertar nº2 (y definitivo, por supuesto):


Diez y cinco minutos. Una niña de cinco años, galletas en mano, llega hasta la cama de sus padres y pide a su mamá (o sea, yo) que le haga un sitio para dormir un rato…


¡JA!


Me muevo un poco hacia la derecha, empujando (a base de culadas) al padre de la criatura un poco más hacia el borde de la cama.


La enana acomoda su cuello sobre mi brazo izquierdo y sigue royendo las galletas (menos mal que está sobre las mantas).


Entre que roe y roe, me da besitos en la mano, en el brazo y en la cara.


Y entre roer y roer, y entre besito y besito, la enana va murmurando en plan letanía:


- Quiero mucho a mi mamá (roer, roer…). Mi mamá es la mamá más buena del mundo (roer, roer…). Mi mamá es la mamá más guapa de todas las mamás (roer, roer, besito...). Quiero a mi mami mucho, mucho, mucho (roer, besito, roer…).


Así continúa un rato comiendo galletas, dándome besos y soltando su retahíla:


- Mi mami es la mejor mami del mundo (besito, roer, besito...). Te quiero mucho, mamá. Mi mamá es taaan suave... Mmmm... Mami, hueles muy rico... Te quiero mucho... (roer, roer, besito...).


Finalmente acepto captar la indirecta y levantarme de la cama. A fin de cuentas ¿quién puede resistirse ante semejante “despertador”?


Eso sí, sin la menor duda, es mucho mejor este despertar que el primero.



P.S.: Esto... que tengo que dar las gracias. Sí, otra vez. Con poca originalidad. Sí, otra vez. Yo no tengo la culpa, caray. Gracias, pues, al Señor Oscuro que me ha concedido el Premio Brillante Weblog. Muchísimas gracias.