Una pequeña historia: el escritor

Para quienes desconozcan las historias previas a esta:

1. Una pequeña historia.


2. Una pequeña historia: la musa.


3. Una pequeña historia: el personaje.


Y este es el final… creo…


No voy a contar mi historia. Sería muy largo y aburrido. Con lo que ya han contado de mí debería sobraros.


No soy escritor aunque ellos digan que sí. Los dioses me libren de atreverme a usar tan grandilocuente apelativo para hablar de mí mismo. Escribidor, puede, escritorzuelo, tal vez. Cuentacuentos. Narrador de historias. Inventor de vidas. Nada que ver con los grandes. Ni vivo de escribir ni aspiro a ello, sólo me divierto un poco juntando palabras y viendo qué sale de eso. No tengo ninguna de las aspiraciones que ellos me adjudican. No deseo la fama del escritor de best-sellers ni la gloria de los excelsos literatos que en el mundo han sido. Mi única aspiración literaria es sumergirme en la lectura del próximo y fascinante libro y pasarlo bien imaginando y contando alguna pequeña historia.


Es cierto, tuve una musa que desapareció en medio de la multitud. Es cierto que no fue extravío sino abandono consciente. Es cierto, igualmente, que el motivo de dicho abandono fue que yo no colmaba sus deseos. Ella, como Elisenda, buscaba algo importante, un aspirante a Nobel como mínimo, alguien con grandes sueños y ambiciones y yo, ya lo he dicho, no aspiro más que a rellenar el siguiente folio.


La verdad es que fue un alivio perderla. En serio. Y es que era tal la presión que ejercía sobre mí que, durante el tiempo que pasamos juntos, escribir dejó de ser un placer y se transformó en una obligación y una tortura. Fue mejor para ambos que me abandonara en aquel Centro Comercial en plena fiebre de rebajas (de paso aproveché y me compré algunas cosillas que necesitaba). No era mala chica, pero tenía sueños que yo no compartía. Ahora dicen que anda con un buen escritor, uno de esos con grandes ambiciones, justo lo que ella deseaba. Espero, sinceramente, que sea feliz.


Pero no quiero mentir, su marcha me dejó sumido en una profunda tristeza y en una oscura soledad. No creí que pudiera extrañarse tanto a quien, durante años y años, sentí como una tirana. Pero el caso es que, a medida que pasaba el tiempo, más hundido me sentía. Más triste y más solo. Necesitaba encontrar alguien que compartiera mis días. Necesitaba compañeros para mi viaje.


Y en esas andaba el famoso día del paseo por el bosque: pensando en mi soledad y tratando de imaginar dónde y cómo encontrar compañía. No buscaba historias. No deseaba otra musa. No necesitaba más palabras ni más cuentos. No me hacía falta ningún personaje cuya historia inventar, descubrir o contar. No, no quería nada de eso. Lo único que yo quería era acabar con mi soledad.


El bosque era hermoso. El día agradable. Mi imaginación comenzó a volar y a volar. Y voló hasta una rama de un árbol cercano y se encontró con un pequeño pájaro con pinta de curioso, un pajarillo que no dejaba de dar saltitos y mover la cabeza y trinar alocadamente.


Y mi imaginación siguió volando por el bosque. Y llegó hasta un rayo solar saltando entre unas hojas. Y de allí surgió la imagen de una hermosa mujer con vestiduras clásicas. Un poco más allá, mi imaginación se topó con unas confusas sombras que daban forma a una imprecisa figura, tal vez masculina.


Tengo una imaginación incansable, así que siguió corriendo por el bosque, volando entre los árboles y flotando suavemente hasta más allá de las lindes de la foresta y dirgiéndose hacia una vieja y retorcida encina a cuyos pies parecía dormir un anciano.


Y mi imaginación, tras este paseo, regresó a mí y me contó todo cuanto vio. Y yo, que soy un cuentacuentos, uní todo e inventé una historia. Una historia con un pájaro cotilla, una musa frustrada, un personaje con problemas de personalidad y un misterioso y risueño viejo.


Y no fue mala historia. No la mejor pero tampoco muy mala.


Y mi imaginación se portó tan bien aquel día que, en pocos segundos, tuve compañía.


Diréis que podría haber imaginado personajes más divertidos y menos problemáticos pero ¿Quién ha dicho que un escritorcillo de poca monta fuera capaz de controlar lo que hace su imaginación? Yo nunca he sido capaz. En mi mente las historias nacen y se desarrollan sin que yo ejerza ningún control sobre ellas.


Y lo mismo puede decirse de mis personajes.


Lástima que tenga que deshacerme de estos.


Les había cogido cariño.


De verdad.


Pero me temo que, a estas alturas, son como los cigarrillos: por mucho que disfrutes con ellos no puedes olvidar que resultam perjudiciales para tu salud.


Si existiera otra solución los dejaría a mi lado, pero el poco control que pudiera tener sobre sus actos lo perdí hace tiempo.


De modo que, despedios de ellos porque, en cuanto acabe este relato, volverán a ser niebla y reflejos.


Ellos se lo han buscado.


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